“Lo sé”, respondió Victor. “por eso vine enseguida. Necesito abrir un expediente real y declarar la identidad de mis hijos.” La funcionaria revisó nuevamente. “¿Puedo iniciar el proceso?”, dijo al fin. Pero debo advertirle que con la inspección cercana podría haber verificaciones adicionales. Victor se mantuvo firme. Lo que sea necesario. Solo necesito que conste que son mis hijos y que estoy aquí por ellos. La funcionaria asentó. Haré el registro preliminar hoy mismo. Ese paso, aunque pequeño en apariencia, representaba un avance monumental.
Dejar constancia en un sistema oficial significaba que los niños ya no estaban en un vacío administrativo. Era el inicio de su protección formal. Al regresar al orfanato, Victor encontró a Lucía en el pasillo y su expresión revelaba que había ocurrido algo mientras él estaba fuera. No era miedo, pero sí tensión. ¿Todo bien?, preguntó él acercándose. Lucía tomó aire lentamente. Vinieron a avisar que la inspección podría pasar mañana, dijo en voz baja, mucho antes de lo previsto. Victor sintió un golpe seco en el estómago.
La directora había dicho uno o dos días, pero recibir la confirmación acelerada era otra cosa. Mañana, repitió. Sí, asintió Lucía. Van a revisar todo el edificio y cada documento, y la directora teme que al no tener expedientes completos puedan decidir un traslado temporal. El corazón de Victor se tensó. Había avanzado en el proceso, pero no lo suficiente para que todo quedara establecido. Tenemos que prepararnos dijo él con resolución y mantenernos cerca de ellos. Lucía asintió mordiéndose el labio con preocupación.
La inspección se acercaba y con ella la posibilidad de que todo se volviera a complicar. Pero Victor ya había tomado su decisión. No permitiría que la falta de orden administrativo volviera a separar a su familia. La mañana siguiente llegó antes de que Victor y Lucía pudieran prepararse emocionalmente. El ambiente en el orfanato era distinto, más silencioso, más rígido, como si las paredes mismas supieran que algo importante estaba por ocurrir. El personal que quedaba se movía con cautela, revisando documentos, ajustando carpetas y ordenando espacios que durante meses habían permanecido intactos.
Victor se encontraba junto a la directora en la zona administrativa. Los papeles del expediente preliminar estaban sobre la mesa aún frescos. Ella intentaba mantener la compostura, pero su mirada delataba preocupación. “Intentaré explicarles todo lo que me contó”, dijo la directora con voz tensa. Aunque estos procedimientos suelen seguir un protocolo muy estricto. Victor asentía sin perder la concentración. Había pasado la noche considerando posibilidades, pero ninguna lo preparaba para lo que estaba por llegar. Lucía estaba con Emiliano y los gemelos en la habitación.
Ella sabía que ese era el lugar donde los niños se sentían menos vulnerables. Les hablaba con suavidad, observando cada gesto con el corazón encogido. Santiago se mantenía cerca de su hermano, atento a cualquier ruido del pasillo. Matías, aunque todavía retraído, se acomodaba cuando Lucía le hablaba. como si su voz calmara algo dentro de él. El sonido de un motor en la entrada rompió el silencio. La directora levantó la mirada. Ya llegaron. Una camioneta oficial se detuvo frente al edificio.
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