"Marinka, ¿preparaste tú la ensalada? ¿O te ayudó Dima?"
Marina respondió con calma.
Hacía tiempo que había aprendido a no demostrar que cortaba cada palabra.
"Yo misma."
"Ah-ah-ah... Ya veo", dijo su suegra arrastrando las palabras, examinando los platos. "Yo pediría guisantes más grandes. Estos están un poco secos."
Los invitados guardaron silencio.
Siempre guardaban silencio.
Marina sintió sus miradas, fijas en los platos, como si nadie quisiera presenciar otra humillación.
Dima intentó intervenir, torpemente, sin fuerza.
Su suegra hizo un gesto con la mano.
Siempre era así.
Sus comentarios eran como gotas. No son fatales, sino permanentes.
No te mueres por ellas, pero no puedes respirar con libertad.
El vestido no está bien.
La carne está demasiado seca.
Las servilletas no están bien.
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