"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

“Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000”, se burló el millonario… y se quedó paralizado.

Anuncio Su respiración temblaba, pero no se acobardó. Frente a ella, Darío Castañeda, el empresario más arrogante de la fiesta, la observaba con una sonrisa que dolía más que cualquier insulto. Los invitados disfrutaban del espectáculo. Algunos grababan con sus teléfonos, otros fingían no ver. A la cabecera de la mesa, el magnate árabe Sahir Al Mansur observaba en silencio, inmóvil, con el ceño ligeramente fruncido.

La joven no podía comprender cómo un simple gesto —ofrecer una flor— se había convertido en una humillación pública. El resplandor de los candelabros la cegaba, el eco de las risas la hería, pero en el fondo, algo comenzaba a despertar. Una calma antigua y profunda, imposible de romper. El aire olía a vino caro y a vergüenza. Nadie imaginó que, segundos después, la sala entera se congelaría, porque esta chica, la que parecía insignificante, estaba a punto de responder en un lenguaje que no solo cambiaría el curso de la velada, sino también los corazones de todos los que la miraran.

El tintineo de copas y las risas llenaron el salón del Hotel Imperial de Guadalajara. Candelabros dorados colgaban del techo como pequeñas lunas, reflejando la luz sobre ropa y relojes caros que brillaban con más intensidad que los ojos de sus dueños. Entre los invitados, Darío Castañeda, un empresario conocido por su lengua afilada y su aún mayor riqueza, presidía la mesa central.
A su lado, el magnate árabe Sahir Al Mansur observaba en silencio, como quien mide el aire antes de hablar.

De repente, las puertas se abrieron. Una joven, con una cesta de rosas rojas en el brazo, entró con pasos vacilantes. Vestía una blusa sencilla y una falda desgastada, pero algo brillaba en sus ojos que contrastaba marcadamente con el lujoso entorno: serenidad.

“Disculpe… ¿alguien quiere una rosa?”, preguntó en voz baja, apenas audible por encima del tintineo de las copas. Un camarero intentó detenerla, pero Sahir levantó la mano, intrigado.

“Suéltela”, dijo con calma.

Aitana avanzó con cautela. Cada paso se sentía como una intrusión en un mundo que no era el suyo.

Se detuvo frente a Darío, quien la miró de arriba abajo con una sonrisa irónica.

“Rosas”, repitió riendo. “¡En un lugar como este, qué original!”. Algunos invitados rieron con él. La joven apretó la cesta contra su pecho.

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