A lo lejos, Aitana caminaba lentamente por el empedrado, con la cesta vacía. Una brisa le alborotó el pelo y una rosa yacía abandonada en el suelo. Darío bajó la mirada, incapaz de apartarla de la flor olvidada. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decir, qué comprar ni a quién impresionar.
El ruido de un coche que pasaba rompió el silencio, pero el eco de sus palabras aún resonaba en él:
"La lengua no es para humillar".
Cerró los ojos y comprendió, en ese preciso instante, que esas palabras, dichas por una desconocida, lo habían desarmado más que cualquier fracaso empresarial.
A la mañana siguiente, Guadalajara amaneció con un cielo despejado, como si la lluvia hubiera lavado los excesos de la noche anterior. Los gritos de los vendedores ambulantes llenaban el aire con el aroma a pan recién hecho y café.
Darío Castañeda caminaba solo, con las gafas de sol sobre la nariz y la chaqueta colgada del hombro. Nadie lo reconoció, salvo los trajes impecables y el tintineo de los flashes. No había pegado ojo. La escena en la sala se repetía sin cesar en su mente: la voz de Aitana, el silencio, los aplausos de Sahir. No entendía por qué le había afectado tanto. Estaba acostumbrado a ganar, a dominar, a imponer su voluntad. Pero esta joven, con las manos llenas de espinas y dignidad, lo había dejado al descubierto ante todos.
Al doblar una callejuela, la vio.
Aitana estaba frente a un puesto de frutas, colocando un ramo de rosas en un cubo de agua. Llevaba el mismo vestido que el día anterior, pero su rostro era diferente: tranquilo, sereno, como si lo sucedido no la hubiera afectado.
Darío se detuvo a unos metros, observándola, sin saber cómo acercarse. Varias veces quiso dar un paso, pero luego cambió de opinión. Finalmente, respiró hondo y caminó hacia ella.
"Disculpe", dijo en voz baja.
Aitana levantó la vista. Tardó un segundo en reconocerlo.
"A ti", susurró. "No esperaba verte aquí."
"Yo tampoco, no pensé que vendría", admitió con una sonrisa incómoda.
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