"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

“Durante años, cuidé de una anciana”, dijo en voz baja. “Venía de Jordania. Vivía sola, sin familia.” Me contrató para que la ayudara con sus medicamentos, su casa, su soledad.”

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Darío escuchaba en silencio, inmóvil.

“No tenía mucho dinero, pero tenía historias”, continuó Aitana. “Me enseñó su idioma, sus oraciones, sus canciones. Decía que cuando aprendes un nuevo idioma, abres la puerta al alma de otra persona.”

Sonrió levemente, con la mirada perdida.

“Cuando murió, solo me dejó un cuaderno. En árabe. Lo leí tantas veces que acabé soñando en ese idioma.”

Darío sintió un nudo en la garganta. Por primera vez, no encontraba qué decir.

“Aitana…”, murmuró con una ternura recién descubierta.

“No me debe nada, señor”, lo interrumpió ella. “Solo recuerde que el respeto vale más que cualquier cantidad de dinero”.

El sonido de un camión se mezcló con el bullicio del mercado. Darío miró las rosas.

, recordando la que estaba en la sala.

"¿Cuánto por una?", preguntó.

Ella dudó un momento y luego respondió con una sonrisa genuina:

"Cincuenta pesos. Como siempre".

Pagó y tomó la flor con cuidado, como si sostuviera algo sagrado.

"Gracias", dijo.

"No por el dinero", respondió Aitana, "sino porque vino con humildad".

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