"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

Darío asintió y se alejó lentamente, con la rosa en la mano y una nueva sensación en lo profundo de su corazón: la de aprender a ver de verdad.

Esa misma tarde, mientras el sol se ponía tras los edificios del centro, un coche negro se detuvo cerca del puesto de flores. Aitana estaba guardando las últimas rosas cuando vio salir a un hombre de traje oscuro y porte elegante. Era Sahir Al Mansur.

"Disculpe la sorpresa, mademoiselle", dijo con calma. "Le pedí a un empleado del hotel que me ayudara a encontrarla. No podía irme sin hablar con usted". Aitana parpadeó sorprendida.

"¿Yo?", preguntó. "Pensé que habías tenido mucha audiencia la otra noche".

Sahir sonrió amablemente.

"No fue una audiencia, fue una lección".

Guardó silencio. No estaba acostumbrada a que alguien de su rango la tratara con tanto respeto.

"Me gustaría hacerte una pregunta", continuó. "Cuando hablabas en árabe, citabas una frase que mi madre solía usar: 'La paz no se compra con oro, sino con el corazón'. ¿Dónde aprendiste eso?"

El aire pareció congelarse. Aitana respiró hondo.

"Una mujer llamada Samira", respondió. "La cuidé durante varios años. Era de Jordania".

Los ojos de Sahir se abrieron de par en par, incrédulos. Dio un paso hacia ella.

"¿Samira Al Hamdán?", preguntó con la voz casi quebrada.

Aitana asintió lentamente.

"Sí, la conocía". Sahir se puso una mano en el pecho.

“Era mi tía. No la había visto en veinte años. Mi familia perdió contacto con ella cuando decidieron quedarse a vivir en México.”

Juegos para la familia

Se hizo un profundo silencio. Aitana bajó la mirada, conmovida.

“Nunca me habló de ti, pero siempre decía que tenía un sobrino que heredó su fuerza.”

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