"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

"No espero que me perdones", dijo en voz baja, lo suficientemente alto para que ella lo oyera, "pero quería que el mundo supiera que me equivoqué".

Aitana lo miró en silencio. No le ofreció la mano de inmediato.

“Las palabras son hermosas”, murmuró, “pero lo que cambia a la gente son las acciones”.

Él asintió con humildad.

“Entonces déjenme demostrárselo”.

Se giró hacia los periodistas.

“He decidido donar 100,000 pesos”, dijo con claridad, “la misma cantidad que la otra noche, para apoyar a las mujeres que trabajan en la calle. Pero solo si ella acepta liderar este proyecto”.

Un murmullo recorrió la sala; las cámaras captaron el momento. Aitana lo miró atónita.

“¿Yo? ¿Liderar esto?”, preguntó incrédula.

“Sabes lo que significa luchar con dignidad”, respondió Darío. “No necesito a nadie más para eso”.

Se hizo un silencio denso. Sahir se levantó y puso una mano sobre el hombro de Aitana.

“Acepta”, susurró. “No por él, sino por otras mujeres como tú”.

Ella lo miró, respiró hondo y finalmente asintió.

"De acuerdo. Pero no lo haré por caridad", dijo, mirando a Darío. "Lo haré por respeto". Los aplausos estallaron desde el fondo de la sala. Primero una persona, luego varias, hasta que el aire se llenó de un sonido muy diferente al de aquella noche. Ya no eran risitas, sino gratitud.

Darío bajó la mirada, conmovido. Sahir observaba la escena con expresión serena, como si el destino acabara de cerrar un círculo. Y entre todas esas voces, Aitana permaneció en silencio, con la rosa en el pelo, consciente de que, esta vez, ya no era ella quien tenía que aprender, sino él.

El viejo almacén del barrio de San Juan se había transformado, en pocas semanas, en un pequeño taller de flores. El aroma a tierra húmeda y perfume de rosas se mezclaba con las risas y el clic de las tijeras cortando tallos. Mujeres de todas las edades trabajaban juntas, aprendiendo a crear ramos, arreglos florales y cintas de colores.

Aitana se movía entre ellas, cuaderno en mano, ayudando, explicando y corrigiendo con paciencia.

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