"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

“No se trata solo de vender”, dijo, “sino de ofrecer algo con amor. Cada flor tiene una historia, como nosotras”.

En una de las mesas, habían colocado un nuevo cartel: "Proyecto Samira". Fue idea de Sahir, en honor a la mujer que había unido sus vidas.

Esa mañana, Darío llegó sin avisar. Vestía con sencillez, con las mangas arremangadas y una bolsa de papel en la mano.

"Les traje café a todos", dijo con una sonrisa tímida.

Las mujeres lo miraron con curiosidad. Algunas susurraron. Sabían quién era. Pero Aitana levantó la mano y les hizo un gesto para que se calmaran.

"Gracias", dijo secamente. "Pónganlo ahí, por favor".

Darío obedeció, dejó las bolsas y se quedó observando. Era la primera vez que lo veían sin guardaespaldas, sin su arrogancia. Se acercó a una mesa donde una anciana intentaba hacer un nudo.

"¿Puedo ayudarla?", preguntó.

"¿Usted?", rió ella. "No creo que sepa hacer eso".

Darío sonrió.

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“Entonces enséñame.”

Aitana lo observaba desde atrás, en silencio. Había algo diferente en él. Sus movimientos eran más lentos, su tono más humano, pero el orgullo aún se traslucía en los detalles: la forma en que evitaba mirarla directamente, el miedo a parecer débil.

Cuando los demás salieron a comer, él se quedó para recoger los papeles.

“No necesitas limpiar”, dijo Aitana, acercándose.

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