“Quiero hacerlo”, respondió. “Quizás antes nunca entendí realmente lo que significaba trabajar.”
Ella lo miró con una mezcla de compasión y cautela.
“No necesito que me demuestres nada, Darío.”
“No lo hago por eso”, respondió. “Lo hago porque quiero estar aquí.”
Por un instante, el silencio los acercó. Afuera, el viento agitaba las cortinas y la luz del sol se filtraba entre las flores.
Sahir llegó poco después, con su elegancia habitual. Llevaba una pequeña caja envuelta en papel dorado.
“Hola”, saludó con cariño. “Vengo a dejar algo para el proyecto”.
Abrió la caja. Dentro había varias pulseras grabadas con una frase en árabe.
“Al karama fawqa koulli chay’”, leyó Aitana en voz alta. “La dignidad es lo primero”.
Sahir asintió.
“Todas las mujeres que trabajan aquí llevarán una, no como símbolo de caridad, sino de fortaleza”.
Los trabajadores aplaudieron. Darío inclinó la cabeza. Aquellas palabras lo conmovieron.
Cuando Sahir se fue, Aitana se acercó al empresario.
“¿Por qué sigues viniendo, Darío?”
La miró sin pestañear.
“Porque cada vez que entro aquí, me siento… limpio”.
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