"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

Ella esbozó una leve sonrisa.

“Así que no me mires como si fuera yo quien te lava. Mírate a ti mismo y verás que aún puedes florecer”. Asintió lentamente, incapaz de responder.

El taller se llenó de risas y música improvisada. Afuera, la tarde se tiñó de tonos anaranjados, y una bandada de palomas surcaba el cielo. Aitana levantó una de las pulseras y la levantó a contraluz.

"Dignidad", murmuró. "Eso es lo que quiero que nunca olvidemos". “

Darío la escuchó sin interrumpir, y en ese silencio, comprendió que la verdadera riqueza no se mide en cuentas bancarias, sino en la paz que se siente al mirar a alguien sin vergüenza.

El taller del “Proyecto Samira” se había convertido en noticia. Los periódicos locales hablaban del milagro silencioso de un grupo de mujeres que transformaban flores en esperanza. Cada día llegaban más pedidos, más manos, más historias. Pero con la luz del éxito llegaban sombras.

Una mañana, Aitana llegó y encontró la puerta del taller entreabierta. Había papeles esparcidos sobre una mesa, cajas abiertas y un sobre anónimo la esperaba. Lo tomó con cuidado. Dentro había una hoja impresa:

“Todo esto es un montaje. La mujer de las rosas fue contratada por Darío Castañeda para rehabilitar su imagen”.

El corazón le dio un vuelco. Sintió una mezcla de rabia y tristeza. Cuando llegaron los demás, notaron su rostro pálido.

“¿Qué te pasa, Aitana?” —preguntó una de ellas.

No respondió. Dejó la hoja de papel sobre la mesa. Las mujeres se acercaron, la leyeron y murmuraron preocupadas.

Esa misma tarde, el rumor se extendió por las redes sociales. Algunos periodistas compartieron:

“El millonario está explotando un taller de mujeres modestas para comprar su reputación”.

Aitana se sintió traicionada. No sabía si creerlo o no. Darío había cambiado, sí… ¿pero cuánto?

Esa noche, el taller permaneció vacío. Ella, sola, se quedó entre las rosas, bajo la luz parpadeante de una lámpara. Tomó el colgante que Sahir le había regalado y lo apretó entre sus dedos.

“Si estás aquí, Samira, dame fuerzas”, susurró.

De repente, el sonido de una puerta la sobresaltó. Era Darío.

“Leí lo que publicaron”, dijo con voz grave. “No sé quién está detrás, pero juro que no fui yo”.

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