“Solo son flores, señor. Pensé que podrían alegrar la mesa”.
Darío chasqueó la lengua. “Flores”, repitió teatralmente.
“¿Y cuánto cuesta alegrar un poco una cena de emprendedores?” “Cincuenta pesos cada uno”, respondió ella, con la voz temblorosa pero firme.
La risa de Darío resonó por la sala. “¡Cincuenta! A ese precio, deberían poder hablar, ¿no?”, bromeó, mirando a los demás. La risa se intensificó.
Sahir, sin embargo, no rió. La miró con una expresión que mezclaba respeto y tristeza.
Aitana respiró hondo, no se movió, no se disculpó, simplemente le sostuvo la mirada. Ese pequeño gesto bastó para romper el silencio por un instante.
“Mira esto”, dijo Darío, inclinándose hacia ella. “Tiene carácter. Me gusta. A ver, mi niña…”
Sahir intentó intervenir. “Darío, no es necesario”.
Pero el millonario levantó la mano. “No, Sahir, déjame a mí. Quiero divertirme un poco”.
Aitana bajó la mirada como si sopesara el peso del momento. El aire se volvió pesado. “Les diré algo”, continuó, haciendo girar la copa entre los dedos. “Si logran venderme estas rosas de una manera que me impresione, les pagaré… no sé, algo sustancial”.
Los invitados contuvieron la respiración, esperando el golpe final. Darío sonrió, complacido consigo mismo.
“Sí, eso es. Si me venden estas rosas… pero no quiero oírles hablar español”.
Un murmullo recorrió la mesa. Ella lo miró desconcertada.
“¿Qué, señor?”
Darío se recostó en su silla, saboreando la escena.
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