"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

Aitana se levantó.

“¿Y por qué debería creerte?”

“Porque no gano nada mintiendo”, respondió con desesperación. “Ya no necesito reparar mi imagen, Aitana. Lo único que quería era construir algo real contigo, con ellos”.

Ella lo miró con recelo, pero en sus ojos había un atisbo de verdad.

“¿Y ahora qué vas a hacer?”

Darío respiró hondo.

“Voy a hablar”. No me importa lo que digan. Si tengo que arriesgar mi nombre, lo haré.

Al día siguiente, el salón del hotel se llenó de nuevo. Las cámaras esperaban otra confesión. Sahir estaba allí, serio, en un rincón.

Darío subió al escenario con paso decidido.

“Dicen que este proyecto es una farsa”, declaró, mirando a su alrededor. “Que yo en

"Se me promociona para limpiar mi nombre."

Un murmullo se extendió entre el público.

"No negaré mi pasado", continuó. "Fui arrogante y lastimé a mucha gente. Pero este proyecto no nació de mí; nació de una mujer que se negó a ser humillada."

Buscó a Aitana con la mirada. Estaba allí, en medio de la multitud.

"Ella es quien me cambió sin pedir nada a cambio. Si este taller existe, es gracias a su fe, no a mi dinero."

Los flashes de las cámaras se detuvieron. Sahir sonrió, satisfecha. Aitana bajó la cabeza, conmovida. No necesitó traducción: entendió la sinceridad.

"Si alguien merece reconocimiento, no soy yo", concluyó Darío. "Son ellas, estas mujeres que siembran esperanza con sus propias manos cada día."

El público estalló en aplausos. Algunos se pusieron de pie. La noticia se difundió en minutos:

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