"El millonario que aprendió a pedir perdón".
Al salir, Aitana lo esperaba en la puerta.
"Podrías haberte callado", dijo. "Nadie te obligó a defenderme".
Darío sonrió, exhausto.
"No lo hice por ti, lo hice por lo que me enseñaste. La verdad no se vende".
Lo miró con ternura y, por primera vez, le extendió la mano.
"Así que sigamos construyendo", dijo. "Pero partiendo del respeto".
Darío le estrechó la mano con suavidad.
"Partiendo del respeto", repitió.
En ese momento, Sahir los observó desde lejos con una sonrisa silenciosa. Sabía que la promesa de Samira aún vivía en ellos.
Pasaron los meses. El taller del "Proyecto Samira" creció mucho más allá de lo que nadie hubiera imaginado. En las paredes, los colores de las flores parecían contar historias. Mujeres de diferentes barrios acudían cada semana en busca de trabajo, consuelo o simplemente un lugar donde ser escuchadas.
Aitana se movía entre ellas con serenidad. Ya no era la tímida vendedora ambulante, sino una figura respetada. Las manos que antes ofrecían una flor ahora enseñaban a otros a sembrar esperanza.
En una de las mesas había una fotografía nueva: Sahir, Aitana y Darío, sonriendo, frente a su primer gran pedido internacional. Detrás de ellos, un cartel decía:
"La dignidad florece cuando el respeto la nutre".
Esa mañana, sonó el teléfono del taller. Era una llamada de Dubái. Aitana contestó y, al oír la voz, sonrió.
"Sahir", dijo con la voz llena de emoción. "No esperaba tu llamada".
"Solo quería saber de ti, Aitana", respondió el magnate. "He vuelto a mi país, pero no pasa un día sin que piense en lo que aprendí allí. Mi tía estaría orgullosa de ti". “Recibí más de lo que di”, replicó ella. “Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo”.
“No fue confianza”, la corrigió con ternura. “Fue fe”.
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