"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

Se despidieron llenos de gratitud. Al colgar, Aitana sintió como si se hubiera cerrado un capítulo.

Esa tarde, Darío llegó con una caja de madera.

“¿Qué es esto?”, preguntó ella.

“El último pago del contrato con el hotel donde empezó todo”, respondió él. “Quiero donarlo al proyecto”.

Aitana negó con la cabeza.

“Ya has hecho suficiente, Darío”.

“No”, dijo él sonriendo. “Lo que he hecho es aprender a dar, y dar no siempre se trata de dinero”.

Abrió la caja. Dentro había un libro: “El Cuaderno de Samira”, restaurado y encuadernado.

“Sahir me ayudó a traducirlo completo”, explicó. “Quería que lo tuvieras así, para que su voz nunca se perdiera”. Aitana lo tomó entre sus manos. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

“Gracias”, susurró. “No por el libro, sino por cumplir la promesa que soñó”.

Darío miró a su alrededor, al taller rebosante de vida.

“¿Sabes, Aitana? Cuando te vi esa noche, pensé que eras una vendedora más. Ahora sé que fuiste la maestra que me envió la vida”.

Lo miró sonriendo.

“Y tú, la alumna que necesitaba equivocarse para aprender”.

Rieron juntos, sin amargura.

En ese momento, una niña se acercó con una rosa en la mano.

“Señorita Aitana”, dijo, “esta flor nació del tallo que usted plantó hace meses”.

Aitana tomó la rosa con delicadeza. Era más roja que todas las demás.

“Entonces eres tú quien la plantará”, respondió, “para que nunca falte la belleza donde ha habido dolor”.

La niña corrió hacia el jardín, y el sol inundó el taller con una luz dorada. Darío permaneció allí, en silencio.

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