“¿Sabes?”, dijo finalmente, “ahora entiendo por qué, aquella noche, dijiste que el lenguaje no es para humillar. Es el lenguaje del alma el que realmente transforma”.
Aitana lo miró, sus ojos…
Líneas de gratitud.
“Y el alma solo florece cuando aprende a perdonar.”
Él asintió.
“Entonces… ¿me perdonas?”
Ella sonrió.
“Ya lo hice, Darío. La noche que dejaste de reírte de mí.”
El viento susurraba entre las flores, haciendo temblar los pétalos como un aplauso invisible. Aitana cerró el cuaderno de Samira, lo dejó sobre la mesa y miró a su alrededor: mujeres, risas, esperanza. Sabía que esta historia no le pertenecía solo a ella, sino a todos aquellos que habían comprendido que la dignidad no necesita escenario.
Y mientras el sol se ponía sobre Guadalajara, la “cámara” imaginaria se alejó lentamente del estudio, revelando un campo de rosas abierto a la luz. La voz de Aitana se oía de fondo:
“El respeto no cuesta nada, pero su ausencia lo destruye todo.”
Silencio, luz, esperanza.
Se dice que las palabras pueden herir o sanar, pero esa noche demostraron que también pueden transformar. Darío aprendió que el orgullo no tiene cabida para la escucha y que solo agachando la cabeza se puede mirar a los demás a los ojos.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
