"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

Aitana enseñó que la verdadera fuerza no grita: se yergue en silencio, con un corazón firme y una mirada clara. Y Sahir, con su sabiduría serena, fue el puente invisible que unió dos mundos diferentes en torno a una verdad compartida: la dignidad no se compra, hay que respetarla.

El proyecto floreció, y con él, las vidas que antes se ignoraban. Las rosas que una vez se marchitaron en las calles ahora recorren el país, llevando un mensaje simple pero poderoso: el respeto puede cambiar destinos, porque poco importa cuánto dinero se posea si el alma está vacía. Y poco importa la humildad de una persona si su voz nace del amor y la verdad.

Aitana nunca buscó fama ni fortuna; simplemente quería que alguien la escuchara. Y al final, su voz no solo fue escuchada, sino grabada en la memoria. En cada flor, en cada palabra, permanece un eco eterno:

"El respeto vale más que cualquier suma de dinero".

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