“Quiero que me las vendan en árabe”, declaró, más alto para que todos pudieran oírlo. “Si pueden hacerlo, les pago 100.000”. Un segundo de silencio. Entonces, la risa estalló como un aplauso cruel.
Aitana no respondió. Simplemente miró las rosas, una a una, como buscando fuerza en los pétalos. Luego levantó la cabeza. Su mirada, al principio tímida, ahora era diferente: firme, profunda, casi desafiante.
Sahir la observó atentamente y, por primera vez esa noche, una sonrisa se dibujó en su rostro.
"Creo que las cosas se van a poner interesantes", murmuró.
La joven dio un paso al frente y todo...
La sala contenía la respiración.
"Si esta historia ya te ha conmovido, cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad la estás viendo y dale a me gusta para seguirnos."
El bullicio se apagó hasta que solo se oyó el sonido de una copa deslizándose sobre el mantel. Nadie respiraba con normalidad. Los invitados se miraron, ansiosos por ver cómo respondería la joven al reto.
Aitana aferraba las rosas con ambas manos. El ligero temblor de sus dedos delataba su miedo, pero en sus ojos reinaba una calma que nada tenía que ver con su sencilla vestimenta ni con la opulencia de la habitación.
Darío, desplomado en su silla, la observaba con el aire altivo de quien está acostumbrado a ganar en todos los partidos.
"Adelante, niña", dijo con sarcasmo. "¿Qué esperas? ¿Se te ha quedado la lengua?" “
Algunas risas nerviosas se escaparon entre los invitados. Sahir, sin embargo, permaneció en silencio. Sus manos descansaban sobre el mantel, con la mirada fija en el rostro de la joven. Había algo familiar en esa serenidad, como un eco de tierras lejanas.
Aitana respiró hondo.
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