“No sé si entiende lo que me pregunta, señor”, murmuró en voz baja pero clara. “La lengua no es para humillar”.
Darío sonrió, divertido.
“No quiero una lección moral, solo quiero ver si puedes hacerlo. Es solo un juego”.
Ella no respondió. Dejó la cesta sobre la mesa y, con un gesto lento, cogió una rosa. El tallo verde contrastaba marcadamente con la blancura del mantel. Una gota de rocío cayó sobre la tela como una lágrima incontenible.
Sahir observó su gesto.
"A veces, los juegos revelan más de lo que creemos", murmuró casi para sí mismo.
Darío frunció el ceño.
"¿Disculpa?"
"Nada", respondió Sahir con una leve sonrisa. "Solo decía que la belleza a menudo florece donde menos se la espera".
Aitana levantó la vista. Este comentario le devolvió algo de dignidad. Por un instante, el miedo se convirtió en llamas.
Una elegante mujer sentada a la mesa, vestida de seda roja, habló con altivez:
"Si no puede, que se vaya". Ya hemos perdido bastante tiempo.
Aitana aferró la rosa entre los dedos; las espinas le pinchaban la piel, pero no la soltó.
"Sabes", dijo, mirando a la mujer, "no vine a pedirte nada. Vine a ofrecerte algo hermoso. Pero a veces, la gente olvida apreciar la belleza".
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