Un silencio denso invadió la mesa. El camarero se detuvo, con la bandeja suspendida. Darío se removió en su silla, incómodo con el tono de la joven.
"Muy poético", refunfuñó, "pero no paga las cuentas. Anda, demuéstrame que puedes hacerlo".
"En árabe, ¿no es eso lo que pediste, Darío?", intervino Sahir en voz baja, sin apartar la vista de ella.
Darío se giró hacia su invitada.
"Sí, claro. Si me vende la rosa en árabe, le pago 100.000 pesos". El eco de su voz resonó por toda la sala, más fuerte, más cruel.
Aitana miró la rosa y luego a Sahir, quien le devolvió la mirada con una expresión serena. Era como si la animara sin decir palabra. Apenas asintió, respiró hondo y dio un paso al frente.
"Ahora escucha con atención", dijo, con voz más segura.
Los murmullos cesaron. El aire se volvió denso, eléctrico. Aitana sostuvo la rosa contra su pecho y separó los labios, pero antes de que pudiera pronunciar la primera palabra, un vaso cayó al suelo y se hizo añicos.
Todos giraron la cabeza hacia el sonido, pero ella no se movió. Sus ojos permanecieron fijos en Darío, esperando el momento preciso. Sahir apoyó las manos sobre la mesa con una leve sonrisa.
"Ahora sí", murmuró. "El verdadero valor no pide permiso". “
Y entonces empezó a hablar.
Las primeras palabras brotaron de sus labios como un canto antiguo, suave pero firme, llenando el aire con una melodía extraña y hermosa.
“Salam li ahbab al-qalb…”
Sahir levantó la cabeza bruscamente, atónito. Los sonidos árabes se filtraban a través de las luces y los cristales, envolviendo la habitación como una brisa cálida en medio de un lujo gélido. Algunos invitados parpadearon, desconcertados, otros miraron a Darío, esperando su reacción.
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