Aitana continuó. Su voz era baja, profunda, con un ritmo que parecía provenir de otro tiempo.
“Sahir”, dijo conmovido, llevándose una mano al pecho, “dijo que la paz no se compra con oro, sino con el corazón. Que esta rosa no necesita dinero, solo alguien capaz de comprender su belleza”. “
El silencio cayó sobre la sala como un velo. Nadie se atrevió a moverse.
Darío abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Su rostro, burlón momentos antes, se había congelado. Su sonrisa se había desvanecido. Aitana bajó lentamente la rosa y la colocó sobre la mesa, frente a él.
“Aquí tienes.”
“A su venta, señor”, dijo en español, con voz firme. “No en su idioma, sino en el idioma del respeto”.
Los ojos de Sahir brillaron con una emoción que hacía tiempo que no mostraba en público. Se levantó lentamente y comenzó a aplaudir. El sonido de sus manos resonó por la sala, ahora silenciosa por las risas.
Uno a uno, los demás invitados lo imitaron, sin comprender del todo lo que acababa de suceder. Solo sabían que algo importante, algo trascendental, acababa de ocurrir.
Darío permaneció sentado, inmóvil. La vergüenza se le dibujaba en el rostro como una sombra imposible de ocultar.
Sahir se acercó a Aitana y le habló en árabe:
“¿Dónde aprendiste a hablar con tanta pureza?”, preguntó con respeto.
Ella le ofreció una leve sonrisa.
“De alguien que me enseñó mucho más que palabras”, respondió en el mismo idioma, sorprendiéndolo aún más.
Darío los observaba, sin entender sus palabras, pero presentía vagamente que algo dentro de él se había roto.
“No es posible”, murmuró. “¿Cómo… cómo puedes hablar así?”
Aitana lo miró directamente a los ojos, sin ira, con una serenidad dolorosa.
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