"Si logras venderme estas rosas en árabe, te pago 100.000", se burló el multimillonario... y se quedó sin palabras.

“Me pediste que te vendiera una rosa en árabe. Lo hice. Pero no es el dinero lo que vine a buscar”.

Sahir regresó a su asiento con una sonrisa llena de orgullo y ternura.

“Increíble”, dijo en voz alta. “Su pronunciación es perfecta, como la de mi madre”.

El comentario resonó por toda la mesa. Todos lo oyeron, pero nadie se atrevió a romper el silencio.

Darío cogió su vaso y lo volvió a dejar sobre el mantel sin beber.

“Es solo una coincidencia”, murmuró, más para sí mismo que para los demás.

Aitana dio un paso atrás, lista para irse.

“No hay casualidades cuando se habla con el alma”, respondió ella.

La joven se giró lentamente, observada por todos. Al pasar junto a Sahir, este se levantó de nuevo y le hizo una reverencia respetuosa.

“Gracias”, dijo en español, con un fuerte acento. “Lo que has hecho aquí no será olvidado”.

Ella asintió agradecida y se dirigió a la salida. Tras ella, el sonido de los aplausos de Sahir llenó la sala una vez más. Darío la observó, con el rostro lleno de algo que aún no podía identificar: vergüenza o admiración.

La sala, que hacía un momento olía a vino y arrogancia, ahora olía a rosas. Y en el fondo, Darío comprendió que esa noche lo había perdido todo, aunque aún no supiera por qué.

Las puertas se cerraron tras ella y el eco de los aplausos se desvaneció en el aire dorado de la sala. Durante unos segundos, nadie habló; solo el suave parpadeo de las velas acompañó el vacío dejado por su ausencia.

Darío permaneció inmóvil, con la mirada fija en la rosa que Aitana había dejado sobre la mesa. El tallo verde reposaba cerca de la copa, y una mancha de vino se extendía lentamente por el mantel blanco, como si el color intentara alcanzar el rojo del pétalo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.