Sahir esbozó una leve sonrisa.
“Quizás no era tu intención, pero eso fue lo que pasó.”
Las luces de la sala comenzaron a atenuarse. Los músicos tomaron sus instrumentos, pero la melodía sonaba diferente, casi melancólica.
Darío se levantó, fingiendo una llamada urgente. Caminó hacia el pasillo, donde el aire era más fresco y el ruido más apagado.
Afuera, los pasillos del hotel estaban vacíos. Se detuvo frente a una ventana.
Se quedó allí, observando la calle. En la acera, bajo una farola, Aitana arreglaba las últimas rosas de su cesta. Un hombre se acercó, compró una y se la entregó a una niña que lo acompañaba. La niña sonrió radiante.
Darío la observó en silencio. No entendía por qué se le hacía un nudo en el pecho. Quizás porque, por primera vez, era él quien se sentía pequeño.
A sus espaldas, la voz de Sahir lo sacó de sus pensamientos.
"Deberías ir a hablar con ella", dijo en voz baja. "No para disculparte, sino para aprender".
Darío se dio la vuelta.
"¿Aprender qué?"
Sahir sostuvo su mirada.
"Esa dignidad no se vende".
El magnate árabe se dio la vuelta y regresó a la sala, dejando a Darío solo junto a la ventana.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
