Si me vendes esos chocolates en alemán, te pago 100,000″, dijo Entre risas el empresario mexicano más influyente de la mesa. Aquella noche el restaurante más elegante de la ciudad estaba lleno de políticos, empresarios y periodistas. Era la cena previa a una negociación millonaria con un inversionista alemán y todos observaban al hombre que disfrutaba del momento con su arrogancia habitual. Ricardo, el empresario mexicano, hablaba fuerte con un tono de superioridad que buscaba impresionar a su invitado europeo.
Decía que hablaba cinco idiomas, que había estudiado en Suiza y que conocía a los grandes del mundo. El alemán Klaus lo escuchaba con una sonrisa diplomática, pero en el fondo parecía aburrido. Había escuchado a demasiados hombres como él. Todo cambió cuando una niña se acercó a la mesa con una canasta de chocolates envueltos con esmero. “¿Les gustaría apoyar comprando un chocolatito, señor?”, dijo la niña con voz suave pero firme. Ricardo la miró con burla, como si su presencia interrumpiera su espectáculo.
“¿Tú vendes chocolates aquí?”, río. “Estamos en una cena de negocios, niña, no en la calle.” Ella bajó la mirada un instante, pero no retrocedió. Perdón, señor. Solo quería ayudar a mi mamá. Los demás en la mesa rieron menos Klaus que la observaba con curiosidad. Vamos, Ricardo dijo el alemán. Déjala, tal vez es buena vendedora. Ricardo, queriendo demostrar control, se reclinó en su silla y con tono de desafío le dijo, “Está bien, pero hagámoslo interesante. Si me vendes esos chocolates en alemán, te pago 100,000 pes.” La mesa estalló en risas.
Todos esperaban ver como la niña se confundía, tartamudeaba o simplemente se rendía, pero ella lo miró a los ojos sin miedo y asintió. ¿De verdad lo dice en serio, señor? Claro, respondió él confiado. Si hablas alemán, te doy 100,000, pero si no te llevas una lección. El silencio se apoderó del lugar. Klaus se acomodó el saco y observó con interés. La niña respiró hondo, levantó la cabeza y comenzó a hablar en un alemán fluido, perfecto, con pronunciación impecable.
Las palabras salieron seguras, con una entonación tan natural que el propio Klaus quedó sorprendido. Los hombres en la mesa se miraban sin entender una sola palabra, mientras Ricardo intentaba disimular su incomodidad. Cuando terminó, la niña le extendió un chocolate al empresario. Eso fue lo que me pidió, señor. Ahora me va a cumplir. Ricardo no supo que responder. Se quedó paralizado, buscando en su mente una excusa. Klaus se inclinó hacia delante, aún impresionado. Su pronunciación es excelente, dijo.
Le habló con un alemán más correcto que muchos de mis empleados. Ricardo fingió una risa nerviosa. Bueno, bueno, fue una broma, niña. No te lo tomes tan literal. La niña bajó la mirada, pero esta vez no por vergüenza, sino por decepción. Mi mamá siempre dice que las palabras valen más que el dinero, señor. El ambiente cambió de inmediato. Lo que antes era una cena de risas se volvió tenso. Algunos hombres apartaron la vista incómodos por la actitud de Ricardo.
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