Klaus lo miró fijo sin una pisca de simpatía. Una broma dijo en tono seco. En mi país un hombre de palabra no se retracta, menos frente a una niña. Ricardo intentó cambiar de tema, pero Klaus no lo permitió. Si la historia te está gustando, no olvides darle like, suscribirte y comentar qué te está pareciendo”, susurró el narrador mientras el silencio se hacía más pesado en la sala. Klaus continuó, esta vez mirando a todos los presentes. “Dijiste que eras un hombre honorable, Ricardo.
Yo necesito socios confiables. Si no cumples lo que prometes por orgullo, ¿cómo podré confiar en ti para negocios de millones?” El mexicano sintió como el orgullo se le desmoronaba. La niña seguía allí con su canasta en las manos, mirándolo con una mezcla de inocencia y justicia. Y por primera vez en mucho tiempo, Ricardo no supo cómo salir de la situación. La tensión era tan fuerte que nadie se atrevía a romper el silencio. Klaus apoyó lentamente su copa sobre la mesa y dijo con voz firme, “Quiero ver si su palabra vale lo que dice.” Y justo en ese instante, Ricardo entendió que había acabado su propia tumba.
Con una simple broma, Ricardo sintió como el aire se volvía más pesado. La mirada del alemán lo atravesaba con una mezcla de decepción y juicio. La niña seguía ahí de pie, sosteniendo su canasta con las manos pequeñas que comenzaban a temblar. Nadie decía una palabra, solo se escuchaba el suave tic tac del reloj en la pared, marcando el segundo exacto en que el orgullo de un hombre poderoso se convertía en su ruina. Ricardo, dijo Klaus finalmente con una calma que dolía.
En Alemania la palabra dada es un contrato. Tú mismo dijiste que pagarías 100,000 si la niña hablaba alemán. Lo hizo y lo hizo mejor que tú. Ricardo intentó sonreír, pero su rostro estaba rígido. No puedes hablar en serio, Klaus. Era solo una broma. Una broma. Interrumpió el alemán. Su voz sonó firme sin elevarse. “Lo que acabas de hacer no es una broma, es faltar al respeto a la honestidad. Si tratas así a una niña pobre, ¿cómo tratarás a tus socios cuando te convenga?” Los hombres en la mesa bajaron la vista, algunos avergonzados, otros nerviosos.
Nadie se atrevía a defenderlo. Ricardo miró alrededor buscando apoyo, pero todos lo evitaban. por primera vez se dio cuenta de que estaba solo. La niña dio un paso atrás como si quisiera irse. “No se preocupe, señor, no necesito su dinero”, dijo con voz suave. “Solo quería vender unos chocolates, no humillar a nadie. ” Esa frase cayó como una daga en el corazón de Ricardo. El orgullo le ardía por dentro, pero más le pesaba la mirada inocente de esa niña que no lo odiaba, solo lo compadecía.
Klaus respiró profundo y se puso de pie. No puedo hacer negocios con alguien que no cumple su palabra. Mis valores no tienen precio. Ricardo se levantó también desesperado. Klaus, espera. No arruines esto por una tontería. El alemán lo interrumpió con frialdad. No es una tontería, es tu palabra. Un silencio incómodo llenó el lugar. Ricardo miró a la niña, luego al alemán y finalmente a su propio reflejo en la copa de vino. Su respiración se volvió pesada. Sabía que si no cumplía, perdería un trato que le había tomado meses conseguir.
Pero si lo hacía, su ego quedaría aplastado frente a todos. De repente algo en él se dio. Tal vez fue el cansancio de vivir aparentando, o tal vez la mirada limpia de aquella niña que le recordaba a su hija, a quien apenas veía. bajó la cabeza y sacó su chequera. Dime tu nombre, pequeña murmuró María, señor. Ricardo escribió el cheque con manos temblorosas, lo firmó, lo dobló y se lo entregó. Aquí tienes y perdón, no debí burlare de ti.
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