El murmullo de la sala se hizo más fuerte. Nadie esperaba que lo hiciera. Algunos aplaudieron suavemente, otros solo observaron en silencio. Klaus, sin decir una palabra, sonrió levemente y asintió con respeto. “Ahora sí puedo estrechar tu mano”, dijo, “porque un hombre que reconoce su error vale más que uno que finge no cometerlos”. Ricardo lo miró con gratitud, pero también con vergüenza. Gracias por recordarme lo que olvidé. La niña abrazó su canasta y sonró. Mi mamá siempre dice que cuando alguien cumple su palabra, el cielo se pone contento.
Esa frase conmovió a todos. Klaus pidió un par de cajas de chocolates para llevar y le dio a María una tarjeta. Cuando crezcas, si quieres estudiar idiomas en Europa, muéstrales esto. Yo te ayudaré. María lo miró sorprendida, casi sin creerlo. De verdad. Claro, una mente como la tuya no debería vender dulces toda la vida”, respondió él mientras la sala estallaba en aplausos discretos. Ricardo se sentó de nuevo con los ojos vidriosos. Por dentro algo había cambiado. Ya no pensaba en los 100,000 que había perdido, sino en los años que había gastado, intentando parecer más de lo que era.
Esa noche, después de que todos se fueron, se quedó solo frente a su copa vacía. El eco de las palabras de la niña aún resonaba en su mente. Al día siguiente llamó a su asistente y pidió información sobre escuelas de idiomas para niños sin recursos. Creó una beca valor de la palabra y cada año esa beca le recordaría que a veces las lecciones más grandes llegan disfrazadas de vergüenza. Semanas después recibió una carta escrita con pulcritud infantil.
Gracias, señor Ricardo, por cumplir su promesa. Con su ayuda estoy estudiando más idiomas. Tal vez un día pueda enseñarle alemán de verdad. Haría. Él sonrió con sinceridad por primera vez en mucho tiempo. Supo que ese dinero que al principio le dolió entregar había sido la mejor inversión de su vida. El narrador cerró con voz serena, “Nunca sabes quién está detrás de la máscara. Las apariencias pueden engañar, pero el respeto y la dignidad siempre deben ser innegociables. Y mientras la cámara se alejaba de la escena del restaurante vacío, una frase flotaba en el aire como una verdad imposible de negar. Las palabras cuando se cumplen valen más que cualquier fortuna.
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