Siempre había soñado con usar el vestido de novia de mi madre fallecida para honrar su memoria. Pero la misma mañana de mi boda, mi madrastra, llena de envidia, arrojó el vestido invaluable a la pila de donaciones, desestimándolo como simple “cacharro”. No se dio cuenta de que mi padre había escuchado cada palabra… y no estaba dispuesto a dejar que se saliera con la suya.

Siempre soñé con casarme usando el vestido de novia de mi madre fallecida. No era solo una prenda antigua guardada en un armario; era el último lazo físico que me unía a ella. Mi madre, María, murió cuando yo tenía dieciséis años, y desde entonces el vestido había permanecido cuidadosamente envuelto en una funda blanca, con olor a lavanda, en la casa de mi padre, Javier. Cuando me comprometí con Daniel, supe sin dudar que quería honrarla así. Mi padre lo aprobó emocionado, pero mi madrastra, Claudia, fingió una sonrisa que nunca le llegó a los ojos.

Desde que Claudia llegó a nuestras vidas, todo lo que tuviera relación con mi madre parecía incomodarla. Nunca lo dijo abiertamente, pero se notaba en sus gestos, en la forma en que cambiaba de tema o minimizaba cualquier recuerdo. Aun así, jamás imaginé hasta dónde llegaría su resentimiento. La mañana de mi boda, mientras yo estaba en la peluquería con mis amigas, Claudia decidió “ordenar” el trastero. Según ella, era el momento perfecto para deshacerse de cosas inútiles antes de que llegaran los invitados.

Cuando regresé a casa para vestirme, noté algo extraño. La funda blanca no estaba donde siempre. Pregunté con calma, intentando no entrar en pánico, pero Claudia respondió con indiferencia que había donado “unas telas viejas” a una organización benéfica. Dijo que el vestido solo ocupaba espacio y que yo merecía algo nuevo, moderno, no “trastos del pasado”. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Ese vestido no era suyo para decidir.

Lo que Claudia no sabía era que mi padre había llegado antes de lo previsto. Estaba en el pasillo, escuchando cada palabra, cada desprecio disfrazado de practicidad. Vi cómo su rostro cambiaba, cómo la incredulidad se transformaba en rabia contenida. Cuando Claudia terminó de hablar, Javier dio un paso al frente y, con voz firme, le preguntó si de verdad había tirado el vestido de María. En ese instante, el silencio se volvió insoportable, y supe que algo estaba a punto de estallar.

Mi padre no gritó. Eso fue lo que más me impresionó. Su voz estaba tranquila, pero cargada de una autoridad que pocas veces le había oído. Le pidió a Claudia que le dijera exactamente dónde había llevado el vestido. Ella intentó justificarse, hablando de espacio, de orden, de empezar de cero, pero cada excusa sonaba más vacía que la anterior. Yo estaba paralizada, con el corazón acelerado, temiendo que el recuerdo más valioso de mi madre se hubiera perdido para siempre.

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