“Síganme hasta mi casa” — Lo que una niña le dijo a la policía destapó una verdad aterradora…

Con la voz temblorosa intentó ganar tiempo. Rogelio, ¿a dónde nos llevas? Él no respondió de inmediato. Revisaba los retrovisores nervioso, como esperando ser seguido. Al final murmuró, “A un lugar donde nadie nunca nos va a encontrar.” El corazón de la niña se hundió. Sabía que ese podía ser el final. A lo lejos ya se escuchaban sirenas rompiendo la madrugada. Morales venía en camino. Rogelio pisó más el acelerador con las manos sudorosas en el volante y la mirada paranoica en los espejos.

Sabía que el cerco se cerraba, pero no estaba dispuesto a rendirse tan fácil. En el asiento trasero, Jimena le susurró al oído a su hermano. Aguanta, Mateo. Alguien nos va a salvar. Las calles del pequeño pueblo, normalmente silenciosas de madrugada, se rompieron con el sonido agudo de las sirenas. El carro de Rogelio avanzaba a toda velocidad, cortando esquinas con las luces apagadas, como una sombra en fuga. En el asiento trasero, Jimena intentaba abrazar a su hermano que sollozaba sin parar.

Su corazón latía tan fuerte que parecía retumbar dentro del vehículo. “Cállale la boca a ese chamaco”, gritó Rogelio por el retrovisor con los ojos encendidos de furia. Jimena tragó el miedo y abrazó a Mateo con más fuerza. Le susurró bajito al oído. “Quédate calladito, por favor. Confía en mí.” Por la ventana, la niña veía las calles pasar rápido, pero notaba algo. En ciertos momentos, las sirenas parecían acercarse. Morales estaba tras ellos. Jimena sabía que tenía que ayudar.

Recordó lo que el policía le había dicho días atrás. Confía en mí. Si de verdad lo seguía, tenía que darle pistas. Con manos temblorosas, abrió la mochila despacio, cuidando que Rogelio no la viera. sacó una hoja de cuaderno y con el lápiz que siempre llevaba escribió deprisa, “Somos Jimena y Mateo. Vamos en un carro rojo. Ayuda.” Dobló el papel y esperó el momento. Cuando Rogelio dio una vuelta brusca, la ventana lateral se bajó un poco. Jimena dejó que el papel se deslizara hacia afuera, rezando porque alguien lo encontrara.

“¿Qué haces allá atrás?”, rugió Rogelio desconfiado. “Nada, solo estoy abrazando a Mateo”, respondió ella tratando de sonar firme. Él la miró con sospecha, pero volvió a concentrarse en el camino. El sudor le chorreaba por la frente, la respiración pesada. Más adelante pasaron junto a una gasolinera. Jimena tuvo otra idea. Sacó la cinta roja con la que amarraba su cabello y fingiendo acomodar a su hermano, abrió la ventana apenas y dejó caer el listón. Era poco, pero era algo.

Mientras tanto, Morales y su equipo avanzaban a toda velocidad. La radio de la patrulla soltaba instrucciones entre interferencias. Atención, carro rojo modelo viejo, sospechoso con dos niños. Última vez visto en la avenida principal. Morales apretaba fuerte el volante. Su rostro era serio, pero los ojos estaban decididos. Aguanta, Jimena, te voy a encontrar. De pronto, una voz en la radio avisó. Billete encontrado cerca de la calle Naranjos. Niña pide ayuda. Confirma. Carro rojo. Morales hundió más el pie en el acelerador.

El corazón le dio un vuelco. La niña estaba intentando comunicarse. En la huida, Rogelio empezó a ver las luces de las patrullas reflejándose en los espejos. Maldijo fuerte. Golpeó el volante y se metió en un camino de terracería buscando despistar. El carro brincaba levantando polvo. Mateo lloraba más alto ahora, asustado por la oscuridad y el movimiento brusco. Rogelio gritó, pero Jimena lo abrazó y con voz firme dijo, “No llores, Mateo. La policía ya sabe dónde estamos. ” El padrastro la miró por el espejo y vio la determinación en sus ojos.

“¡Cállate!”, bramó estirando el brazo hacia atrás, pero antes de alcanzarla, una luz intensa iluminó el camino. La patrulla de Morales aparecía en el horizonte, seguida de otra. Las sirenas reventaban la madrugada. Rogelio pisó más fuerte el acelerador, el carro sacudiéndose en la terracería. Jimena cerró los ojos, rezando en silencio. Morales, del otro lado, fijaba la mirada. No podía dejar que ese hombre se perdiera en la oscuridad con las dos criaturas. La cacería estaba en su punto más alto.

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