El polvo del camino aún flotaba en el aire cuando las patrullas perdieron de vista el carro rojo. Morales golpeó el volante frustrado. Rogelio conocía esas rutas rurales como la palma de su mano. No lo alcanzarían sin una pista nueva. Entonces la radio crujió. Central llamando al 127. La voz sonaba tensa. Encontramos otro billete amarrado a una cinta roja en la orilla del camino. Niña identificada como Jimena. El corazón de Morales dio un salto. Ella estaba luchando. Estaba dejando señales.
Copiado central, respondió firme. Sigan rastreando la zona, no puede ir lejos. Las siguientes horas fueron de búsqueda incesante. Patrullas recorrían las brechas, helicópteros sobrevolaban hasta que cerca del amanecer, un vecino llamó a la policía. Escuchó un motor entrando a un galpón abandonado en la vieja cantera. Morales no dudó, reunió a su equipo y se dirigió al lugar. El galpón era grande, con paredes descarapeladas y ventanas rotas. El silencio adentro era perturbador. Morales hizo señales, armas listas, pero sin disparar, sin necesidad.
La prioridad eran los niños. Entraron despacio. El eco de los pasos delataba cada movimiento. De un rincón oscuro se oyó un soyo, ahogado. Morales lo reconoció al instante. “Jimena.” La niña respondió con voz temblorosa. Aquí. Morales corrió hacia el sonido y encontró a los dos hermanos sentados en el suelo, abrazados, los ojos rojos de tanto llorar pero vivos. Apenas vio al policía, Jimena se lanzó a sus brazos. “Yo sabía que usted iba a venir”, dijo llorando. Mateo soyaba, aferrado a la pierna de ella, pero el alivio duró poco.
Una sombra se alzó detrás, pesada y furiosa. Rogelio empuñaba una barra de hierro. El rostro desfigurado por la rabia. Aléjate de ellos rugió. Son míos. Morales puso a Jimena detrás de sí de inmediato, la mano firme en la pistola, pero aún intentando evitar lo peor. Se acabó, Rogelio. Estás rodeado. No tienes a dónde huir. Suelta esa barra y entrégate. Nunca, gritó. Prefiero morir antes que me quiten lo que es mío. Avanzó un paso levantando la barra. La tensión era insoportable.
El metal chirrió en el aire. Morales desenfundó apuntándole directo. Suéltala ya. Los demás policías aparecieron por los lados, también con las armas levantadas. Rogelio miró alrededor respirando agitado, como un animal acorralado, y aún así parecía dispuesto a atacar. Fue Shimena quien con voz temblorosa rompió el silencio. Por favor, no lastimes a Mateo ni a mí. La súplica lo atravesó más que cualquier bala. Su mirada vaciló un instante. Ese ruego infantil lo dejaba expuesto ante todos como el monstruo que era.
Morales aprovechó la duda y se abalanzó. con un movimiento rápido lo desarmó y lo estrelló contra la pared. Los demás agentes lo sujetaron, esposándolo contra el piso de concreto. “Estás detenido por maltrato y secuestro”, declaró Morales jadeando. Mientras Rogelio lanzaba insultos, Morales se volvió hacia Jimena y Mateo. se arrodilló frente a ellos, dejando de lado la rigidez del uniforme y mostrando solo al hombre que había confiado desde el primer momento. Ya están a salvo. Y Mena lloraba sin parar, pero era un llanto distinto, no de miedo, de alivio.
Mateo, todavía en shock, se acurrucaba en el regazo de su hermana. Afuera, las primeras luces del sol iluminaban el galpón abandonado. Era el fin de la fuga. Pero no del tormento, porque para esos niños las marcas de lo vivido seguirían gritando por mucho tiempo. La noticia de la captura de Rogelio corrió rápido. En la comandancia seguía esposado, gritando insultos y justificando sus actos como disciplina necesaria. Morales no lo perdía de vista. tenía todas las pruebas, todos los registros, todas las señales.
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