En el centro dos figuras opuestas, Rogelio, esposado, el rostro endurecido por la rabia y Carolina, abatida con la mirada perdida. El juez entró en la sala. El silencio se impuso. La sesión comenzó con la lectura de las acusaciones. Rogelio Hernández, usted está siendo procesado por maltrato, privación ilegal de la libertad y secuestro de menores. La voz del juez retumbó firme. Carolina López, usted responde por negligencia y omisión ante los hechos relatados. Carolina bajó la cabeza, incapaz de mirar al público.
Rogelio, en cambio, mantenía la barbilla en alto, como si aún creyera que podía salirse con la suya. Morales, sentado cerca del fiscal, observaba todo en silencio. En su mente resonaba la voz de Jimena pidiéndole ayuda en la entrada de la escuela. Por esa súplica estaba ahí. La fiscalía presentó las fotos tomadas por Morales, el cuarto cerrado, la ventana cubierta, los candados, el plato vacío. Cada imagen proyectada arrancaba murmullos indignados del público. El abogado defensor intentó argumentar. El acusado solo aplicaba disciplina.
Los niños necesitan límites. El señor Morales interpretó mal la situación. El juez lo interrumpió con firmeza. Disciplina no es encerrar a niños en cuartos oscuros sin comida. Continúe fiscal. Llegó el turno de escuchar a las víctimas. Jimena fue llamada primero. Caminó hasta el asiento reservado con las piernas temblando, pero la mirada firme. El juez se inclinó un poco hacia ella. ¿Nos puedes contar qué pasaba en tu casa cuando tu mamá salía a trabajar? Jimena respiró hondo, apretando la falda entre las manos.
Rogelio nos encerraba a mí y a Mateo, a veces a los dos, a veces solo a él, señaló al hermano sentado junto a la trabajadora social. Decía que era para que aprendiéramos a obedecer, pero nosotros solo llorábamos y teníamos hambre. La sala entera se llenó de murmullos. ¿Alguna vez les pegó?, preguntó el fiscal. La niña asintió con lágrimas en los ojos. Cuando yo hablaba mucho o intentaba abrir la puerta, él decía que los niños no sirven para nada.
El juez agradeció y le pidió que se sentara. Ahora era el turno de Mateo. El pequeño fue llevado por la trabajadora social hasta la silla. El juez bajó el tono para no asustarlo. ¿Recuerdas qué pasaba cuando tu hermana se iba a la escuela? Mateo, tímido, apretó la mano de la asistente y murmuró, “Me dejaba solo en el cuarto. Yo lloraba, pero nadie venía, solo Jimena cuando regresaba. El corazón de Carolina se partió. Las lágrimas le corrían sin que pudiera detenerlas.
El fiscal cerró la declaración de los niños con un silencio respetuoso. Luego fue el turno de Carolina. ¿Usted sabía lo que pasaba?”, preguntó el juez. Su voz salió entrecortada. Sabía que él era duro, pero cerré los ojos. Pensé que era el precio por tener a alguien que ayudara en la casa. Me equivoqué. Rogelio, furioso, golpeó las esposas contra la mesa. Mentira, esos niños son unos malagradecidos. Yo les dio y comida. Me deben respeto, silencio en la sala”, ordenó el juez golpeando el mazo.
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