¿Y tu mamá? Preguntó Morales. Ella no sabe nada. Jimena se limpió la cara con la manga de la blusa. Él nunca lo hace frente a ella. Para mi mamá parece que nos cuida, pero no cuida, solo manda y pega cuando quiere. La niña se encogió como si el simple hecho de decir esas palabras fuera peligroso. Después apretó la mano del policía con una fuerza inesperada. Prométame que no le va a decir nada, pidió desesperada. Si se entera de que hablé, nos va a lastimar más.
Morales se quedó en silencio unos segundos. Por dentro la indignación le quemaba. ¿Cómo podía un hombre hacerle eso a unos niños? Pero al mismo tiempo veía en los ojos de Jimena el miedo a perder hasta lo poco que aún tenía. Respiró hondo y le apretó la mano de regreso. “Te prometo que no voy a dejar que vuelva a tocarlos”, respondió firme. “Pero necesito que confíes en mí, Jimena”. La niña asintió llorando en silencio mientras Mateo no soltaba su cuello.
El policía se levantó, recorrió con la mirada la casa oscura y la puerta entreabierta del cuarto donde había encontrado al niño. Todo ahí gritaba descuido, encierro, violencia. Sabía que tenía que actuar rápido, pero también que cada paso debía estar calculado. Sin embargo, antes de que pudiera pensar en el siguiente movimiento, el ruido volvió. Esta vez no era viento, era real. Pasos pesados en el patio. Jimena abrió los ojos como platos, como si reconociera ese sonido desde lejos.
Es él, murmuró casi sin voz. Rogelio volvió. El sonido de los pasos en el patio se hizo más claro. El portón se azotó con violencia y una voz grave se escuchó afuera soltando maldiciones. Jimena se aferró al brazo del policía temblando. Es él. repitió casi sin aire. Morales reaccionó de inmediato, tomó a los dos hermanos por los hombros y los condujo al cuarto donde había encontrado a Mateo. “Quédense aquí, no hagan ruido”, dijo firme, mirando a Jimena.
Yo me encargo, pero si ve a Mateo fuera del cuarto, va a saber, lloriqueó la niña. Confía en mí, la cortó Morales cerrando la puerta con cuidado. Respiró hondo y se colocó en el pasillo de frente a la entrada de la casa. El sonido de la llave girando en la cerradura retumbó seguido del rechinido de la puerta. La figura de Rogelio apareció, un hombre robusto, con la camisa arrugada, un fuerte olor a cigarro y alcohol. Sus ojos oscuros recorrieron la sala con desconfianza.
¿Quién anda ahí?, preguntó con voz cargada de irritación. Morales dio un paso al frente, manteniendo la postura firme. Policía respondió. Estoy aquí para verificar unas denuncias. Rogelio se detuvo sorprendido un instante, pero pronto recuperó el tono burlón. Denuncias aquí, rió seco. Seguro se equivocó de dirección. El policía no parpadeó. Usted es Rogelio. El hombre entrecerró los ojos. Yo mero. ¿Y qué? Quiero unas explicaciones sobre el estado de la casa. Puertas cerradas, ventanas tapadas. Morales señaló con la barbilla hacia el pasillo.
Eso no es normal. Rogelio soltó una carcajada sarcástica sacando un cigarro del bolsillo. Normal. ¿Desde cuándo la policía se mete en cómo vive uno? Esta es mi casa oficial. Aquí el que manda soy yo. Morales cruzó los brazos sosteniendo la mirada. Y los niños. La pregunta cortó el aire. Rogelio apretó el cigarro entre los dedos, pero no lo encendió. Los niños necesitan disciplina. Hoy en día todos son blandos con los chamacos. Yo no, aquí no hay suavidades.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
