Tomó el coche y fue directo para allá. La directora, una señora de mediana edad con los lentes en la punta de la nariz, los recibió con una sonrisa automática, de esas que no llegan a los ojos. Sargento Morales, ¿en qué puedo ayudarlo? Él puso la carpeta sobre el escritorio y la abrió, mostrando algunas fotos impresas. Estoy investigando un caso de maltrato. Su alumna Jimena me buscó ayer. Encontré a su hermano encerrado en un cuarto oscuro. Puertas con candados, señales claras de negligencia.
La directora miró las fotos de reojo, se acomodó los lentes y carraspeó. Mire, estas cosas son delicadas. Hay que tener cuidado antes de andar acusando familias. Señora directora, no son acusaciones al aire. Yo lo vi, lo documenté, está todo en el reporte. Ella cruzó las manos sobre el escritorio y suspiró. Rogelio puede ser rudo, lo sé, pero Carolina es trabajadora, se esfuerza mucho, siempre viene a hablar de su hija. No quiero ser injusta con ella. Morales se inclinó hacia adelante.
No se trata de ser injusta, se trata de proteger a dos niños. La directora desvió la mirada incómoda. Ya he tenido problemas en el pasado cuando me metí en asuntos de familia. Denuncias que no sirvieron de nada, padres enojados, demandas contra la escuela. Es complicado, sargento. La frialdad con que minimizaba el sufrimiento de Jimena hizo que Morales cerrara los puños. Complicado es dejar a dos niños encerrados en su casa y hacerse de la vista gorda. Ella respiró hondo y retiró las fotos de la mesa devolviéndoselas.
Voy a registrar que usted vino, pero no voy a dar opinión. No quiero a la escuela metida en esto. Morales la miró en silencio unos segundos, la tensión flotando. Luego guardó las fotos en la carpeta. Entonces, registre que prefirió no actuar, dijo seco. Porque yo sí voy a actuar. Se levantó sin esperar respuesta. El pasillo de la escuela estaba lleno de niños riendo, corriendo a sus salones. Entre ellos, Jimena caminaba despacio de la mano de Mateo, que por primera vez había podido ir a clase después de lo de la casa.
Al ver a Morales, la niña se detuvo, dudó y corrió hacia él. ¿Usted contó?, preguntó en voz baja, los ojos ansiosos. Morales se agachó para quedar a su altura. Hice mi reporte, Jimena, pero necesito que confíes en mí. Ella miró alrededor, asegurándose de que Rogelio no estuviera. Luego susurró, “Él ya sabe que usted fue a la casa. Anoche habló con mi mamá. Dijo que si alguien sospecha otra vez, nos va a llevar lejos.” El corazón de Morales dio un brinco.
“¿Llevarlos?” ¿A dónde? No sé, respondió con lágrimas acumulándose, pero dijo que nunca nadie nos iba a encontrar. Morales tragó la rabia y la impotencia. Sabía que tenía que acelerar el proceso, pero sin apoyo de la escuela, el caso quedaba frágil. Shimena le apretó la mano con fuerza. No deje que me lleve, por favor. El policía respiró hondo, prometiéndose en silencio que no iba a fallar. Al fondo del pasillo, la directora observaba con los brazos cruzados. Su mirada era dura, cargada de incomodidad.
Morales lo entendió. Si dependía de ella, ese caso se iba a enterrar. Y eso era exactamente lo que Rogelio quería. La mañana seguía como tantas otras. Los niños corrían por el patio, riendo, jugando fútbol, compitiendo por quien llegaba primero a la fila, pero Jimena caminaba despacio, siempre con la cabeza agachada, como si cada paso pesara demasiado. Mateo la seguía de cerca, aferrado a la mochila. procurando no separarse de ella. En el salón, la maestra Elena repartía los cuadernos.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
