Dijo que odia a los niños. dijo que quería que nos fuéramos para quedarse sola contigo y con el dinero. Añadió Mateo temblando. Dijo que Clara era la única que nos defendía y que por eso tenía que irse. Cada palabra de sus hijos era un martillazo que demolía los cimientos de la vida perfecta de Alejandro. parásitos suiza estorbo. Esas palabras resonaron en su cabeza conectando puntos que él había ignorado deliberadamente, las veces que Valeria pedía que los niños cenaran en la cocina, las veces que sugería campamentos de verano de tres meses, la frialdad en su mirada cuando creía que nadie la veía.
Alejandro levantó la vista lentamente del asfalto, giró el cuello hacia su mansión, esa fortaleza de éxito y riqueza que se alzaba imponente al final de la entrada de Adoquines. Y entonces lo vio. En el ventanal del segundo piso, justo encima del balcón principal, estaba Valeria. No estaba corriendo hacia ellos, no estaba llamando a una ambulancia, a pesar de que era evidente que los niños estaban heridos y que había un conflicto en la calle. Estaba de pie, inmóvil, con una mano apoyada en el marco de la ventana y la otra sosteniendo su copa de vino blanco.
La distancia era considerable, pero la claridad del día y la vista perfecta de Alejandro le permitieron ver su expresión. No había preocupación, no había angustia, había fastidio. Estaba observando la escena como quien mira un programa de televisión aburrido esperando que los comerciales terminen. Al ver que Alejandro la miraba, Valeria no saludó ni hizo un gesto de alarma. Simplemente se dio la vuelta con elegancia y cerró las cortinas de terciopelo pesado, desapareciendo de la vista. Ese gesto, ese simple acto de cerrar la cortina frente a la sangre de sus hijos fue la prueba definitiva.
Más contundente que cualquier video de seguridad, más fuerte que cualquier confesión. Alejandro sintió una náusea violenta. Había estado durmiendo con el enemigo. Había estado a punto de entregar a sus hijos a una mujer que los despreciaba y había expulsado a la única persona que se había lanzado al suelo, rompiéndose las rodillas para atraparlos. Bajó la mirada hacia Clara. Ella seguía en el suelo con el uniforme sucio y roto, pero ya no lloraba por ella. Estaba rompiendo una tira de su propio delantal blanco para vendar la mano de Mateo, ignorando el dolor de su cadera golpeada.
“¿Por qué no me dijiste que ella los amenazó?”, preguntó Alejandro con la voz rota, cayendo de rodillas frente a ella, no como un jefe, sino como un hombre derrotado. Clara levantó la vista. Sus ojos marrones, limpios y honestos, se clavaron en él. Se lo intenté decir, don Alejandro. En el pasillo le grité que ella quería mandarlos a un internado. Le grité que los niños estaban en peligro. Clara hizo una pausa y suspiró. Una exhalación temblorosa. Pero usted cerró la puerta.
Usted eligió creerle a ella porque ella huele a perfume caro y yo huelo aía. La frase atravesó a Alejandro como una lanza. Era verdad. Su clasismo, su arrogancia, su ceguera voluntaria habían casi destruido a su familia. Miró las manos de Clara, esas manos ásperas por el trabajo duro, que ahora sostenían con delicadeza infinita la mano herida de su hijo. Esas manos que nunca habían robado nada, solo habían dado. “Papá”, susurró Mateo, recostando su cabeza en el hombro de Clara.
“Me duele la mano. Quiero ir a casa con Clara.” Alejandro sintió que las lágrimas, calientes y desconocidas le picaban en los ojos. No lloraba desde el funeral de su esposa. Pero ver la lealtad absoluta de sus hijos hacia esa mujer y la dignidad de ella, a pesar de la humillación, rompió el dique. “Sí, hijo”, dijo Alejandro tragando el nudo en su garganta. se puso de pie lentamente, pero esta vez su postura había cambiado. Ya no era el millonario corriendo en pánico.
Ahora era un hombre con una misión, una furia fría y calculadora, muy diferente a la ira ciega de antes, se instaló en su pecho. Miró hacia la casa, hacia la ventana cerrada donde se escondía Valeria. “Vamos a casa”, dijo Alejandro extendiendo una mano hacia Clara. No era una orden, era una invitación, era una súplica. Por favor, Clara, permíteme ayudarte a levantar. Necesitamos curar a los niños y después, después tengo que limpiar mi casa de la verdadera basura.
Clara dudó un segundo. Miró la mano bien cuidada de Alejandro. Luego miró a los niños que la miraban con ojos suplicantes. Suspiró sabiendo que su corazón no le permitiría dejarlos allí, heridos y vulnerables. Se quitó el otro guante amarillo, dejándolo caer junto a la maleta como quien deja atrás una piel vieja, y tomó la mano de Alejandro. Él tiró de ella con suavidad, pero con firmeza, ayudándola a ponerse de pie. No se preocupe por la maleta, señor”, dijo Clara cojeando levemente.
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