Pero los gemelos no escuchaban. Para ellos, el único peligro no era un coche a alta velocidad. El único peligro mortal era perder a la única mujer que los había abrazado cuando su madre biológica murió. Clara vio la escena en cámara lenta. Los niños corriendo hacia ella con una devoción suicida. El padre corriendo tras ellos, incapaz de alcanzarlos. Y a lo lejos, el rugido de un motor acercándose por la curva. En ese segundo eterno, bajo la luz dorada y cruel de la tarde, el destino de cuatro personas estaba a punto de colisionar.
Nadie en ese barrio perfecto imaginaba que esa escena desgarradora había comenzado apenas 30 minutos antes por culpa de una mentira que valía más que la vida de una persona. La acusación. 30 minutos antes, la biblioteca de la mansión olía a cuero viejo, a madera de caoba y a dinero. Era una habitación diseñada para intimidar, con techos de 5 m de altura y estanterías llenas de libros que nadie leía. Clara estaba de pie en el centro de la alfombra persa, con las manos enguantadas, apretadas frente a su delantal blanco, temblando.
Frente a ella estaba Valeria. La prometida de don Alejandro era una mujer de una belleza glacial esculpida a base de cirugías y rencor. Estaba sentada en el borde del escritorio de Alejandro, balanceando una pierna con elegancia, sosteniendo una copa de vino blanco como si fuera un cetro. No había gritado. Valeria nunca gritaba. Su veneno era suave, administrado en dosis letales de calma. “No voy a repetirlo, Clara”, dijo Valeria mirando su manicura perfecta. Mi reloj de oro, el Rolex que Alejandro me regaló por nuestro compromiso.
Estaba en la mesita de noche. Tú limpiaste la habitación hace 10 minutos. Ahora no está, señorita Valeria, por la Virgen Santísima. La voz de Clara temblaba, pero sus ojos estaban fijos en los de su acusadora. Yo limpié, sí, sacudí el polvo, cambié las sábanas, pero no toqué ninguna joya. Llevo 3 años en esta casa. Jamás he tomado ni un centavo que no fuera mío. Don Alejandro lo sabe. Valeria soltó una risita seca, carente de cualquier humor. Don Alejandro sabe lo que yo le digo que sepa.
Eres una criada clara. Tienes deudas. Tu madre está enferma en el pueblo, ¿verdad? La tentación es algo muy feo. Mi necesidad no me hace ladrona, respondió Clara irguiendo la espalda. El orgullo era lo único que tenía en su cuenta bancaria. puede revisarme. Revise mi bolso, revise mi cuarto. No tengo nada. En ese momento, las puertas dobles de roble se abrieron de golpe. Don Alejandro entró como un huracán. Venía hablando por teléfono, con el ceño fruncido, cargando el estrés de una fusión empresarial que llevaba semanas quitándole el sueño.
Colgó la llamada bruscamente y miró la escena, su prometida al borde de las lágrimas, falsas pero convincentes, y la niñera pálida como un papel. ¿Qué pasa aquí?, preguntó Alejandro con ese tono de impaciencia de quien no tiene tiempo para problemas domésticos. Se escuchan las voces hasta el pasillo. Valeria, amor, ¿por qué estás llorando? Valeria se deslizó del escritorio y corrió hacia él, enterrando la cara en su pecho. Sollozó dramáticamente, un sonido ensayado a la perfección. Ay, Alejandro, es horrible.
Me siento tan insegura en mi propia casa. ¿Qué sucedió? Alejandro acarició el pelo de Valeria, pero sus ojos fríos se clavaron en clara, buscando una explicación. El reloj, cariño”, susurró Valeria, levantando la vista con ojos de sierva asustada. El Rolex de aniversario desapareció. Clara acaba de salir de la habitación y cuando le pregunté se puso agresiva. Me dijo que yo lo había perdido. Clara dio un paso adelante, sintiendo como la injusticia le quemaba la garganta. Eso es mentira, señor.
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