Yo nunca dije eso. Solo dije que no lo tomé. Señor, usted me conoce. He cuidado de Lucas y Mateo desde que eran bebés. Usted me confió sus vidas. ¿Cree que robaría un reloj? Alejandro cerró los ojos y suspiró. Estaba agotado. Llevaba meses sin dormir bien, presionado por los inversores y ahora esto. La duda ni siquiera cruzó su mente. Para él la ecuación era simple. Valeria era su futura esposa, una mujer de su clase social, incapaz de mentir por algo tan trivial.
Clara era la empleada y los empleados en su experiencia cínica siempre terminaban fallando. Además, Valeria le había estado advirtiendo sobre Clara durante semanas, que si era perezosa, que si los niños estaban demasiado apegados a ella, que si había visto cosas raras. El terreno ya estaba preparado. Alejandro se soltó de Valeria y caminó hacia Clara. Su presencia era imponente, aplastante. ¿Dónde está?, preguntó con voz baja y peligrosa. No lo tengo, señor. Se lo juro por la vida de Miss.
No jures! Gritó Alejandro golpeando la mesa con la palma de la mano. El sonido hizo saltar a Clara. No te atrevas a jurar en mi casa. Estoy harto, harto de problemas, harto de deslealtades. Te di trabajo, te di un techo y así me pagas, robándole a la mujer que va a ser la madre de mis hijos. Ella no es su madre, murmuró Clara, un error fatal impulsado por el dolor. Los ojos de Alejandro se oscurecieron. Esa frase tocó una fibra sensible.
Sabía que los niños no aceptaban a Valeria y que Clara se lo recordara en ese momento. Fue como una bofetada. Estás despedida”, sentenció Alejandro. No hubo duda en su voz. Fue un veredicto final. Señor, por favor, los niños llegan del colegio en media hora. Déjeme al menos despedirme, explicarles. Ni se te ocurra acercarte a mis hijos. Alejandro la señaló con un dedo acusador. No quiero que una ladrona influence a Lucas y Mateo más de lo que ya lo has hecho.
Te vas ahora, en este instante. Pero mis cosas, tengo que cambiarme el uniforme. Clara miró sus guantes amarillos, su vestido azul. Lárgate así, interrumpió Valeria con una sonrisa triunfal disimulada detrás de la mano de Alejandro. Si te dejamos ir a tu cuarto, seguro te robas algo más. que te manden tus trapos viejos por correo después. Alejandro asintió, ciego de ira y fatiga, sacó su billetera, extrajo un fajo de billetes sin contarlos y los arrojó al suelo, a los pies de Clara.
Los billetes cayeron desordenados sobre la alfombra persa. Ahí tienes tu liquidación. Tómalo y desaparece. Si te veo en esta urbanización en una hora, llamo a la policía y te hago salir esposada. Clara miró el dinero en el suelo. Era más de lo que ganaba en tres meses. Podría haberlo recogido. Lo necesitaba. Pero algo dentro de ella, una fuerza antigua y poderosa que venía de sus ancestros, se enderezó. Levantó la vista y miró a Alejandro a los ojos.
Había tristeza en su mirada. Sí, pero no vergüenza. No quiero su dinero sucio, don Alejandro”, dijo con voz suave, que resonó más fuerte que los gritos de él. Espero que ese reloj le dé la hora exacta cuando se dé cuenta del error que está cometiendo. No por mí, sino por sus hijos. Clara se giró, tomó su maleta que casualmente estaba cerca de la puerta de servicio. Valeria se había asegurado de que estuviera todo listo. Agarró su bolso y salió de la biblioteca.
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