Alejandro se quedó jadeando, sintiendo un extraño vacío en el estómago. Valeria lo abrazó de inmediato, besando su mejilla. “Hiciste lo correcto, mi amor. Fue muy valiente. Ahora tendremos paz.” Pero la paz duró exactamente 20 minutos. El tiempo que tardó el autobús escolar en frenar frente a la puerta y el tiempo que tardaron dos niños en entrar corriendo a la casa gritando, “¡Clara! ¡Clara! ¡Mira lo que dibujamos! solo para encontrar el silencio sepulcral de una casa sin alma.
Y entonces el caos se desató. La maldad de Valeria. El pasillo que conducía desde la biblioteca hasta la imponente puerta principal parecía haberse estirado, convirtiéndose en un túnel interminable de mármol frío y ecos vacíos. Clara caminaba con la cabeza erguida, aunque por dentro sus piernas temblaban como hojas al viento. El sonido de sus propios pasos le resultaba ajeno, lejano, como si pertenecieran a otra persona, a una mujer condenada que marcha hacia el cadalzo. No se detuvo a recoger el dinero.
Esos billetes arrugados habían quedado esparcidos sobre la alfombra persa como una ofensa final, un testimonio de lo poco que valía su lealtad para aquel hombre al que había servido con devoción. Llevaba su maleta azul rodando tras ella y el bolso al hombro, pero lo que más le pesaba era el vacío en el pecho, ese agujero negro donde segundos antes habitaba la certeza de que tenía un hogar y una familia, aunque fuera prestada. Justo cuando su mano enguantada tocó el pomo de bronce de la entrada principal, sintió una presencia a su espalda.
No era Alejandro. El perfume, una mezcla empalagosa de rosas importadas y almizcle caro, la golpeó antes que la voz. Era Valeria. No te vayas tan rápido, querida, susurró Valeria. Su tono ya no tenía nada de la fragilidad llorosa que había exhibido en la biblioteca. Ahora era puro hielo, afilado y cortante. Clara se giró lentamente. Valeria estaba parada a unos metros de distancia, con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Ya no fingía.
La máscara de Prometida Perfecta había caído, revelando la crueldad calculadora que escondía debajo. ¿Por qué?, preguntó Clara con la voz rota por la incredulidad. ¿Por qué tanta maldad, señorita Valeria? Yo nunca le hice nada. Usted tiene todo. Dinero, belleza, a un buen hombre. ¿Por qué destruir a una simple empleada? Valeria soltó una carcajada suave, casi inaudible, y dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Clara. Sus ojos brillaban con una malicia triunfante. “¿Tú crees que esto es por ti?”, Valeria negó con la cabeza, como si estuviera hablando con una niña lenta de entendimiento.
Ay, Clara, eres tan insignificante que ni siquiera mereces mi odio. Esto no es por ti, es por ellos. Con un gesto sutil, Valeria señaló hacia el piso de arriba, hacia las habitaciones de los niños, que en ese momento estaban vacías. Los niños. Clara sintió un escalofrío. Pero si son unos ángeles, son unos parásitos, escupió Valeria y su rostro se contorsionó en una mueca de asco genuino. Son ruidosos, pegajosos y lo peor de todo son el recuerdo viviente de la muerta esa, la primera esposa de Alejandro.
No pienso compartir mi vida, ni mi mansión, ni mi herencia con dos mocosos que no son míos. Y tú, tú eras el problema principal. Clara abrió los ojos desmesuradamente, comprendiendo por fin la magnitud de la trampa. Yo era su protección, susurró Clara. Exacto. Asintió Valeria saboreando su victoria. Mientras tú estuvieras aquí haciendo de mamá sustituta, Alejandro se sentía tranquilo. Tú cubrías sus carencias afectivas, tú los cuidabas, los mimabas, los mantenías felices. Pero sin ti, sin ti, Clara, se volverán insoportables, llorarán, gritarán, harán berrinches.
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