El primero que llegue a la cocina gana una galleta extra”, gritó Mateo. Y ambos echaron a correr hacia la entrada lateral, la que siempre usaban, porque Clara siempre la dejaba abierta para ellos. Entraron irrumpiendo en la cocina, esperando el olor a pan recién horneado o el abrazo cálido y oloroso a jabón de la banda de su niñera. “¡Clara! ¡Llegamos!”, gritó Lucas agitando su dibujo, pero solo el zumbido del refrigerador respondió. La cocina estaba impoluta, fría, vacía. No había merienda en la mesa, no había música bajita en la radio.
“Clara, preguntó Mateo, y su sonrisa se desvaneció un poco. La flor en su mano pareció marchitarse al instante. Los niños intercambiaron una mirada. Esa conexión de gemelos, ese hilo invisible que los unía, vibró con una señal de alarma. Algo estaba mal. La casa se sentía diferente, se sentía hostil. Caminaron de puntillas hacia el vestíbulo principal. Escucharon voces provenientes del salón. Voces adultas. Reconocieron la voz grave de su padre y el tono agudo de Valeria. Se escondieron detrás de la barandilla de la escalera de caracol, agazapados como dos animalitos asustados, y agusaron el oído.
“Ya cálmate, mi amor”, decía Valeria. Su voz sonaba relajada, satisfecha. “Lo peor ya pasó. Esa mujer ya está lejos. No puedo creer que nos robara”, respondió Alejandro con voz cansada. Me siento un estúpido. No pienses más en eso, interrumpió Valeria. Mira el lado bueno. Ahora tenemos el camino libre para lo que hablamos. Ya llamé al director del Instituto St. George en Suiza. Tienen dos plazas disponibles para el semestre que empieza la próxima semana. El corazón de Lucas se detuvo.
Apretó la mano de Mateo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Suiza preguntó Alejandro dudoso. Valeria, son muy pequeños, apenas tienen 5 años, ¿no es muy pronto, Alejandro, por favor? Insistió Valeria y su tono se volvió persuasivo, manipulador. Míranos. Estamos al borde del colapso. Tú trabajas todo el día. Yo tengo mis compromisos de caridad y la organización de la boda, sin clara, ¿quién los va a cuidar? Otra criada que nos robe. Otra desconocida. En Suiza estarán con los hijos de la realeza europea.
Aprenderán idiomas, disciplina, esqui, es lo mejor para su futuro. Además, hizo una pausa dramática. Así tendremos tiempo para nosotros, para nuestra luna de miel, para empezar nuestra propia familia. Sin cargas del pasado hubo un silencio, un silencio terrible y pesado. Lucas y Mateo contuvieron la respiración, esperando que su padre gritara, “¡No!” esperando que él defendiera su derecho a estar en casa. “Quizás tengas razón”, murmuró Alejandro finalmente. Era la voz de un hombre derrotado que elegía el camino fácil.
“No sé qué hacer con ellos sin ayuda. Tal vez sea lo mejor. Prepara los pasaportes”, dijo Valeria triunfante. “Mañana mismo los llevamos al aeropuerto. En lo alto de la escalera, el mundo de los gemelos se hizo añicos. Clara se había ido. Su padre los iba a abandonar. La bruja mala había ganado.” Lucas miró a Mateo. Tenían los ojos llenos de lágrimas, pero también de una determinación desesperada. No necesitaban hablar. Se entendían con solo mirarse. Tenemos que encontrar a Clara.
Ella es la única que nos quiere. Ella nos salvará. Se levantaron en silencio y corrieron hacia su habitación en el primer piso. Cerraron la puerta, pero sabían que no podían salir por el pasillo. Valeria y Alejandro estaban bloqueando la salida principal y la cocina estaba demasiado lejos. Si los veían, los atraparían. Si los veían, los encerrarían hasta enviarlos a ese lugar frío llamado Suiza. Corrieron hacia la ventana que daba a la calle. Estaba cerrada con seguro. Mateo, el más impulsivo, intentó abrirla, pero el mecanismo estaba atascado por la pintura nueva.
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