No abre, lloró Mateo, golpeando el vidrio con sus manitas. Lucas miró hacia la calle a través del cristal. A lo lejos, bajando la colina, vio una figura pequeña vestida de azul arrastrando una maleta. Ahí está, gritó Lucas. Es Clara, se va. El pánico se apoderó de ellos. Si ella doblaba la esquina, la perderían para siempre. No había tiempo para pensar. No había tiempo para buscar llaves. Lucas agarró la pesada lámpara de metal de su mesita de noche.
Era una lámpara con forma de astronauta que Alejandro les había regalado, pero que nunca encendía. “Hazte atrás”, ordenó Lucas. Con todas sus fuerzas de niño de 5 años, Lucas estrelló la base de metal contra el vidrio de la ventana. Crasca. El vidrio no se rompió del todo al primer golpe, solo se astilló como una telaraña gigante. Lucas volvió a golpear gritando de frustración y miedo. Crash. Esta vez el cristal se dio cayendo en una lluvia de fragmentos brillantes hacia el jardín delantero y hacia el interior de la habitación.
“Vamos!”, gritó Mateo. No pensaron en el peligro. No vieron los bordes afilados que quedaban en el marco. Solo veían la libertad y la figura azul alejándose. Mateo saltó primero. Al apoyar las manos en el marco para impulsarse, un trozo de vidrio le cortó la palma de la mano derecha. Gritó de dolor, pero la adrenalina era más fuerte. saltó hacia el arbusto de hortensias que había abajo. Era una caída de 2 m, pero el miedo a perder a Clara amortiguó el golpe.
Lucas lo siguió. Su camisa se enganchó en una astilla de vidrio rasgándose y sintió un corte agudo en el antebrazo, pero no se detuvo. Cayó sobre la tierra húmeda junto a su hermano. Se levantaron de inmediato, ignorando la sangre que empezaba a manchar sus ropas, ignorando el dolor en sus rodillas raspadas. Corre”, gritaron al unísono. Salieron disparados desde el jardín, cruzaron la verja de hierro forjado, que por suerte había quedado entreabierta por el jardinero, y pisaron el pavimento caliente de la calle.
“¡Mamá Clara!”, gritaron con pulmones que parecían a punto de estallar. Fue ese grito el que alertó a Alejandro dentro de la casa. El sonido de sus hijos no jugando, sino gritando en agonía. En la calle, Clara se detuvo. Los gemelos la vieron girarse y entonces corrieron más rápido que nunca. No corrían hacia una niñera, corrían hacia su vida. Corrían con los brazos abiertos, sangrando, llorando, buscando el único refugio que les quedaba en un mundo que acababa de traicionarlos.
Y detrás de ellos, la puerta de la mansión se abría de golpe y Alejandro salía disparado, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero tesoro de su vida no estaba en la caja fuerte, sino corriendo descalzo sobre el asfalto caliente, alejándose de él. La revelación, el twist, en la calle. El impacto fue físico, brutal y cargado de una ternura desesperada. Clara no tuvo tiempo de pensar ni de evaluar las consecuencias, ni de recordar que hacía apenas unos minutos había sido tratada como una criminal en esa misma casa.
Al ver a Lucas y Mateo corriendo hacia ella, con sus rostros bañados en lágrimas y manchados de sangre, su cuerpo reaccionó con la memoria muscular de la maternidad. Soltó la maleta azul que cayó con un golpe sordo sobre la acera y se dejó caer de rodillas sobre el pavimento abrasador. No le importó el dolor agudo en las rótulas al impactar contra el cemento duro. Sus brazos se abrieron instintivamente, como las alas de un ave tratando de proteger a sus crías de una tormenta inminente.
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