“Niños, mis niños”, gritó Clara con la voz ahogada por un sollozo que le subía desde el pecho. Los gemelos chocaron contra ella con la fuerza de un huracán pequeño. No frenaron, se lanzaron a su pecho, enterrando sus caras en la tela almidonada de su uniforme, aferrándose a su cuello, a sus hombros, a donde pudieran agarrarse para no ser arrastrados por la corriente de abandono que sentían. “No te vayas, no nos dejes”, gritaba Mateo, su voz aguda rompiéndose en una súplica ininteligible.
Clara los envolvió con fuerza, cerrando los ojos mientras sentía los pequeños cuerpos temblar violentamente contra el suyo. Pero entonces sintió algo húmedo y pegajoso en sus manos. Abrió los ojos y el terror la invadió. Sus guantes amarillos de limpieza, esos que representaban su estatus inferior, se estaban tiñiendo de rojo carmesí. Sangre, jadeó Clara, separándolos un poco para examinarlos. Están sangrando. Santo Dios, ¿qué se hicieron? Lucas tenía un corte profundo en el antebrazo, una línea roja y abierta donde la camisa se había rasgado.
Las manos de Mateo estaban llenas de pequeños cortes y sus rodillas, desolladas por la caída en el jardín sangraban sobre sus calcetines blancos. “Rompimos la ventana”, soyó Lucas sin soltarla, aferrándose a su delantal como si fuera un salvavidas. Tuvimos que romperla para alcanzarte. La puerta estaba cerrada. Papá nos encerró. El corazón de Clara se detuvo un instante. Se habían lastimado por ella. Habían atravesado cristales rotos solo para evitar que se fuera. La magnitud de ese amor la golpeó más fuerte que cualquier insulto de Valeria.
comenzó a llorar, mezclando sus lágrimas con la sangre de las heridas que intentaba presionar con sus manos enguantadas para detener el flujo. “Están locos, mis amores, están locos.” Lloraba Clara, besando sus cabezas sudorosas. “Podrían haberse matado.” En ese momento, una sombra larga y amenazante cayó sobre ellos. El sonido de unos zapatos de cuero de lujo golpeando el asfalto frenéticamente se detuvo justo a su lado. La respiración agitada y furiosa de un hombre llenó el aire. Clara levantó la vista.
Don Alejandro estaba allí de pie sobre ellos, bloqueando el sol. Su traje italiano estaba arrugado, su corbata deshecha y su rostro estaba rojo de ira, pánico y confusión. Pero sus ojos, sus ojos no veían el amor en esa escena. Sus ojos, envenenados por las mentiras de Valeria, solo veían a una ladrona manipulando a sus hijos. “Suéltalos”, rugió Alejandro. El grito fue tan potente que hizo que algunos vecinos asomaran las cabezas por detrás de las cortinas de sus mansiones.
“Quita tus manos sucias de mis hijos.” Alejandro se agachó con violencia, intentando arrancar a Mateo de los brazos de Clara. Lo agarró por el brazo, sin darse cuenta de las heridas en su ceguera de furia. “Vengan aquí”, gritó Alejandro tirando del niño. “¿Qué les has hecho? ¿Los estás secuestrando? Sabía que eras una delincuente.” “No, señor. Cuidado!”, gritó Clara, no por defenderse ella, sino protegiendo a Mateo. “Lo está lastimando. Tiene vidrios en las manos. Pero Alejandro no escuchaba.
La adrenalina le zumbaba en los oídos. Veía sangre en el uniforme de la mujer y su mente, predispuesta al desastre, imaginó lo peor. Pensó que ella los había herido, que los estaba arrastrando. Aléjate de ellos. Alejandro empujó a Clara con fuerza por el hombro. Ella, que estaba en una posición inestable de rodillas, cayó hacia atrás golpeándose la cadera contra el bordillo de la acera. Los niños gritaron al ver caer a su nana. Papá, no. El grito fue unísono, desgarrador.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
