Alejandro logró poner a los niños de pie detrás de él, interponiendo su cuerpo entre ellos y Clara, como un escudo humano frente a una amenaza mortal. Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando, mirando a la mujer en el suelo con un desprecio absoluto. “Llamaré a la policía ahora mismo.” Siseó Alejandro sacando su teléfono con manos temblorosas. Robo, intento de secuestro, lesiones. Te vas a pudrir en la cárcel, Clara. Te juro que destruiré tu vida. Clara, desde el suelo, se quitó uno de los guantes manchados de sangre y lo arrojó a un lado.
No intentó levantarse, solo miró a Alejandro con una tristeza infinita, una tristeza tan profunda que por un segundo hizo dudar al millonario. “Mire sus manos, señor”, dijo Clara con voz suave, ignorando la amenaza de cárcel. “Mire las manos de sus hijos antes de llamar a nadie. Están cortados. Necesitan un médico, no un policía. Alejandro parpadeó, confundido por la calma de ella, bajó la vista hacia las manos de Mateo, que él mismo estaba apretando. Sintió la humedad pegajosa, vio la sangre, vio los cortes profundos causados por el vidrio de la ventana.
El pánico de padre sustituyó momentáneamente a la furia. Dios mío”, susurró soltando la muñeca de Mateo y viéndola herida. “¿Qué pasó? ¿Qué les hiciste?” Ella no hizo nada. El grito vino de Lucas. El gemelo más callado, el que siempre se escondía detrás de las piernas de su padre, dio un paso al frente. Sus pequeños puños estaban cerrados y su cara estaba roja de rabia. La verdad oculta el tiempo pareció detenerse en esa calle suburbana. El viento dejó de mover las hojas de los árboles perfectamente podados.
Lucas, con sus 5 años de edad y su metro escaso de altura, se plantó frente a su padre con la ferocidad de un gigante. Alejandro miró a su hijo atónito. Lucas nunca gritaba. Lucas era el dócil. “Hijo, ven aquí. Ella es peligrosa, intentó decir Alejandro extendiendo la mano. No. Lucas empujó la mano de su padre con un manotazo violento. Tú eres el peligroso. Tú y la bruja de Valeria. La mención del nombre de su prometida en ese tono, saliendo de la boca de un niño inocente fue como un balde de agua helada para Alejandro.
“Lucas, no le faltes el respeto a ella.” Puso el reloj, gritó Lucas. Las palabras salieron disparadas como balas, impactando directamente en el pecho de Alejandro. “La vimos, Mateo y yo la vimos.” Alejandro se quedó congelado. El teléfono en su mano seguía con la pantalla encendida, listo para marcar el 911, pero su dedo se paralizó. Miró a Mateo buscando confirmación. El otro gemelo, que lloraba silenciosamente mientras se chupaba un dedo cortado, asintió frenéticamente. “Eábamos jugando a las escondidas”, soylozó Mateo con voz entrecortada.
“Estábamos debajo de la cama de tu cuarto. Queríamos asustarte cuando llegaras, pero entró Valeria.” Alejandro sintió que el suelo se movía bajo sus pies. “¿Qué? ¿Qué estás diciendo?”, preguntó Alejandro, su voz perdiendo toda la autoridad, convirtiéndose en un susurro ronco. Entró sola, continuó Lucas, limpiándose las lágrimas con rabia, manchándose la cara de sangre y suciedad. Clara no estaba. Valeria abrió tu cajón, sacó el reloj dorado y se rió. Se ríó fea, papá. Y luego fue al cuarto de Clara y lo metió en su bolso.
Beige. Dijo, “Adiós, estúpida sirvienta. La escuchamos. La mente de Alejandro intentó rechazar la información. No podía ser. Valeria era una mujer de alta sociedad, educada, suprometida. ¿Por qué haría algo tan bajo? ¿Por qué incriminar a una niñera humilde? Seguro vieron mal. Balbuceó Alejandro tratando de aferrarse a su realidad construida. Tal vez ella lo estaba buscando. No insistió Lucas golpeando la pierna de su padre con sus puñitos. Ella nos dijo que nos iba a mandar a Suiza. Dijo que Clara era un estorbo y que nosotros somos unos parásitos.
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