Slavik se acercó, el corazón latiendo con fuerza. Miró por la ventana y, al principio

“¡Dios mío!”, murmuró, su voz quebrada por el miedo.

Trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada. Rodeó el coche, buscando otra forma de acceso, pero todo parecía cerrado, sellado. Desesperado, gritó pidiendo ayuda, pero las calles vacías no respondían. La niña seguía allí, pequeña y vulnerable, ajena al mundo exterior, atrapada bajo el sol abrasador.

“¡Oigan! ¡Alguien, por favor!”, gritó con más fuerza, pero la ciudad permaneció muda ante su súplica. En su mente, las palabras de precaución comenzaron a dar vueltas: «No es asunto tuyo», «Llama a la policía», «¿Y si te metes en problemas?». Sin embargo, al mirar a la niña, a su mirada vacía y débil, supo que no podía dar la vuelta.

Con decisión, Slavik levantó una piedra y la golpeó contra la ventana. El sonido del vidrio rompiéndose resonó en el aire, como un eco de lo que había decidido. El calor del interior del coche salió como un soplo ardiente, pero él no vaciló. Rápidamente, metió la mano en el compartimiento del pasajero, los dedos temblorosos, hasta que logró liberar el cinturón de seguridad. Con un movimiento rápido, sacó a la niña y la sostuvo en sus brazos, apretándola contra su pecho para protegerla del sol.

“Está bien, todo va a estar bien”, murmuró, como si sus palabras pudieran curar el daño que el calor ya le había hecho. Sin pensarlo, empezó a correr.

La ciudad, a esa hora de la mañana, parecía observarlo en silencio. La gente pasaba por las aceras, algunos lo miraban, otros le gritaban preguntas sin esperar respuestas. Slavik no los oyó. No escuchaba nada, solo el sonido de su respiración entrecortada y el crujir de sus zapatillas sobre el asfalto caliente. La niña no se movía, pero él no se detenía.

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