Sabía que quedaban varias cuadras hasta la clínica, pero en ese momento el mundo entero se había reducido a una carrera sin fin, una carrera contra el tiempo y el calor. El sudor le nublaba la vista, sus piernas parecían de plomo, pero no se detuvo. No podía hacerlo.
Finalmente, cuando llegó a las puertas de la policlínica, todo lo que había vivido en esos minutos le pareció una eternidad. Gritó, con todas sus fuerzas: “¡Auxilio!”
Las puertas se abrieron con un silbido, y una enfermera alta, de gafas y expresión seria, corrió hacia él. Al verla, Slavik apenas podía sostenerse en pie. La enfermera, al ver a la niña en sus brazos, reaccionó de inmediato, guiándolos rápidamente hacia una sala de urgencias.
“La niña… el calor… el coche…”, logró decir Slavik, su voz rota, llena de la emoción de lo que había hecho.
En ese momento, una sensación de alivio comenzó a apoderarse de él. Había hecho lo que otros no se atreverían a hacer, y aunque no sabía nada sobre la niña, ni quiénes eran sus padres, sentía que había hecho lo correcto. Había salvado una vida.
Los transeúntes que se habían detenido a observar lo miraban ahora con admiración, pero Slavik no se detenía. No necesitaba que lo aplaudieran ni que le agradecieran. Había hecho lo que cualquier ser humano debería hacer en ese momento: un acto de valentía pura, sin pensar en las consecuencias. Solo había escuchado la llamada de un niño en peligro y había respondido.
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