Un hombre pobre encontró una cartera en un estacionamiento.
Pudo quedarse con todo sin que nadie lo viera.
Pero una decisión honesta cambió para siempre el destino de su familia.
Cuando Julián Ramírez encontró aquella cartera de piel café tirada en el estacionamiento del Mercado de Sabores La Victoria, en la colonia La Resurrección, Puebla, jamás imaginó que ese gesto pequeño, casi invisible para el mundo, iba a mover engranes antiguos, silenciosos, de esos que solo el destino sabe accionar.
Julián tenía treinta y cinco años, pero el cuerpo cansado de alguien mayor. La vida no había sido especialmente cruel con él… pero tampoco amable. Trabajaba descargando camiones en una bodega mayorista de la Central de Abasto de Puebla, donde el polvo se pega a la piel y el cansancio se mete en los huesos. El sueldo apenas alcanzaba para lo necesario, y algunas semanas ni siquiera para eso.
Vivía en un departamento dentro de una unidad habitacional, de paredes delgadas, donde las discusiones ajenas, las radios encendidas y el llanto de los niños se mezclaban sin pedir permiso. No era un mal lugar, pero tampoco un hogar soñado.
Sin embargo, todo en su vida giraba alrededor de una sola persona:
Guadalupe Ramírez. Lupita. Su hija de nueve años.
Desde que Verónica, la madre de la niña, se fue a Ciudad Juárez, Chihuahua, prometiendo volver “cuando las cosas mejoraran”, Julián aprendió a ser padre y madre al mismo tiempo. Al principio hubo llamadas. Luego mensajes cada vez más cortos. Después… nada. El silencio se volvió permanente.
Julián nunca habló mal de ella frente a Lupita. Prefería cargar él solo con la ausencia antes de enseñarle a su hija a desconfiar del amor.
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