Solo era un padre humilde que encontró una cartera en el estacionamiento. Nunca imaginó que devolverla lo llevaría directo a un tribunal. Ni que la justicia, esta vez, no venía a castigarlo, sino a cambiarle la vida.
Aquella mañana, el cielo estaba cubierto por un gris espeso, pesado, anunciando lluvia. Julián se levantó antes del amanecer. Preparó frijoles, calentó tortillas, y sirvió un poco de café de olla en una taza despostillada.
—¿Hoy sí vas a ir a mi festival, papá? —preguntó Lupita, todavía en pijama, abrazando una muñeca vieja de trapo.
El corazón de Julián se apretó. La noche anterior, Don Héctor, su supervisor, le había advertido que ese día habría doble turno. Decir “sí” era mentir. Decir “no” era romper algo dentro de su hija.
—Voy a hacer todo lo posible, mi reina —respondió, forzando una sonrisa—. Te lo prometo.
Lupita asintió, como si esa promesa fuera suficiente para sostener el mundo entero.
Caminaron juntos hasta la primaria pública del barrio. Julián le acomodó el suéter, le dio un beso en la frente y la vio entrar. Cuando ella volteó para despedirse, él levantó la mano con fuerza, como si ese gesto pudiera protegerla de todo lo que él no podía controlar.
El mercado aún estaba medio vacío cuando llegó. Bajó del coche, cerró la puerta… y entonces la vio.
Una cartera elegante, de piel café, tirada junto a una línea amarilla del estacionamiento.
La levantó. Pesaba. No solo por el dinero, sino por lo que representaba.
La abrió con cuidado. Billetes ordenados, tarjetas, documentos oficiales… y una fotografía.
Una mujer abrazando a una niña pequeña. Ambas sonreían con una felicidad limpia, auténtica, de esas que no se compran ni se fingen.
Julián se quedó quieto.
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