Solo era un padre humilde que encontró una cartera en el estacionamiento. Nunca imaginó que devolverla lo llevaría directo a un tribunal. Ni que la justicia, esta vez, no venía a castigarlo, sino a cambiarle la vida.

Pensó en la renta atrasada. En los zapatos rotos de Lupita. En la inscripción del próximo ciclo escolar. Pensó en lo fácil que sería guardar la cartera y seguir caminando. Nadie lo había visto.

Pero también pensó en las noches explicándole a su hija que hacer lo correcto no siempre trae premios, pero sí tranquilidad. Y ahí estaba la prueba, mirándolo de frente.

Cerró la cartera con firmeza y entró al mercado.

En el módulo de atención, la joven que lo recibió lo miró con desconfianza.

—¿Está seguro de que quiere entregarla? —preguntó.

—Sí —respondió Julián—. Solo quiero que vuelva a manos de su dueña.

La muchacha levantó las cejas, sorprendida.

—Ya casi nadie hace eso.

—Yo quiero que mi hija crea que todavía vale la pena ser honesto —dijo Julián, antes de darse la vuelta.

Ese día trabajó con una sensación extraña en el pecho. No era orgullo. Era algo más silencioso. Como haber cumplido consigo mismo.

Por la tarde recogió a Lupita. Ella le mostró un dibujo donde aparecían los dos tomados de la mano frente a una casa con flores.

—Es nuestro futuro, papá —dijo convencida.

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