Solo era un padre humilde que encontró una cartera en el estacionamiento. Nunca imaginó que devolverla lo llevaría directo a un tribunal. Ni que la justicia, esta vez, no venía a castigarlo, sino a cambiarle la vida.

¿Por qué un simple acto de honestidad terminó llevando a Julián ante un tribunal?
¿Qué relación tenía aquella cartera con la jueza que ahora lo citaba?

 En la segunda parte, el destino mostrará su verdadero rostro…

El Tribunal Superior de Justicia del Estado de Puebla se alzaba frente a Julián como un bloque enorme de concreto y silencio. Era un edificio grande, frío, intimidante, de esos que hacen que cualquiera baje la voz sin darse cuenta. Al cruzar la puerta, el eco de sus propios pasos le recordó lo pequeño que se sentía en ese lugar.

Julián ajustó inconscientemente el cuello de su camisa gastada, tratando de alisarla con las manos ásperas, marcadas por años de trabajo pesado. Sus dedos, endurecidos por cargar cajas y costales, contrastaban con el mármol pulido del suelo. Todo ahí parecía pertenecer a otro mundo, uno donde él no encajaba.

Un guardia le pidió que lo siguiera. Caminaron por pasillos largos, con paredes claras y puertas cerradas. Cada paso aumentaba el nudo en su estómago. Julián no sabía si estaba ahí por un error, por un malentendido… o por algo peor.

Finalmente, el guardia se detuvo frente a una oficina amplia. La puerta se abrió.

La habitación estaba iluminada por ventanales altos, por donde entraba una luz natural que suavizaba el ambiente sin quitarle solemnidad. Un escritorio ordenado, algunos expedientes, una bandera de México en un rincón.

Y entonces, la vio.

Ahí estaba ella.

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