Solo era un padre humilde que encontró una cartera en el estacionamiento. Nunca imaginó que devolverla lo llevaría directo a un tribunal. Ni que la justicia, esta vez, no venía a castigarlo, sino a cambiarle la vida.

Elegante, seria, con el porte de alguien acostumbrada a tomar decisiones importantes. No levantó la voz ni hizo un gesto innecesario, pero su sola presencia imponía respeto. Era la misma mujer de la fotografía que Julián había visto dentro de la cartera, aunque ahora su expresión era distinta: más firme, más adulta, cargada de responsabilidad.

—Señor Julián Ramírez —dijo ella, poniéndose de pie—. Gracias por venir.

Su voz era clara, tranquila, sin dureza.

—Sí, licenciada —respondió él, bajando ligeramente la cabeza—. A la orden.

Ella lo observó con atención durante unos segundos, como si intentara leerlo más allá de su ropa sencilla y su postura nerviosa.

—La cartera que usted devolvió… —continuó— era mía.

Julián sintió cómo el aire regresaba lentamente a sus pulmones. Asintió despacio.

—Solo hice lo que debía —dijo—. Cualquiera hubiera hecho lo mismo.

Ella negó con la cabeza, casi con tristeza.

—No —respondió—. No cualquiera.

Guardó silencio un instante antes de continuar.

—En esa cartera había algo más que dinero. Había documentos importantes… y recuerdos —dijo, bajando un poco la voz—. Pensé que los había perdido para siempre.

Julián apretó las manos. Pensó en Lupita. En lo fácil que habría sido tomar ese dinero. En lo distinto que estaría todo si hubiera elegido otro camino.

Hablaron.

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