Un atardecer, cuando el sol se filtraba a través de las persianas del cuarto, apareció la otra.
Una mujer joven, de vestido rojo y labios perfectos, caminó por el pasillo con unos tacones que resonaban como cuchillos sobre el piso del hospital.
Cuando abrió la puerta y vio a Elena sentada al borde de la cama, detuvo su paso.
El silencio fue insoportable.
Elena levantó la vista, la observó un segundo, y con voz baja dijo:
—“Él ya no puede hablar mucho… pero si quieres despedirte, puedes hacerlo.”
La joven tragó saliva, miró el rostro del enfermo —y retrocedió. Luego, sin decir palabra, dio media vuelta y desapareció.
Nadie puede competir con una mujer que ha sufrido en silencio durante doce años.
Esa noche, Raúl intentó hablar.
Su respiración era débil, el sonido del oxígeno llenaba la habitación.
—“E… Elenita…” —susurró— “Perdóname… por todo… yo… yo sé que te lastimé… pero… tú… aún me amas… ¿verdad?”
Elena lo miró largo rato.
En sus ojos no había odio, pero tampoco ternura.
Solo una calma profunda, la de quien ya no siente nada.
Sonrió con un leve temblor en los labios:
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