“Soy dueño de esta casa, hijo, y acabas de violar la cláusula de moralidad”. — El misterioso padre de la esposa apareció para recordarle al arrogante CEO que su estilo de vida dependía de la mujer a la que acababa de traicionar.

"¿Quién te crees que eres para entrar así?", gritó Max, poniéndose de pie.

Arthur, un hombre de 83 años con mirada de halcón, arrojó un sobre sobre la mesa, derramando el zumo de naranja de Camilla. —Soy el dueño de esta casa, muchacho. Y tú eres un inquilino moroso que acaba de violar la cláusula de moralidad de tu contrato.

Max palideció. —Eso es imposible. Esta es mi casa. Isabella dijo... —Isabella tuvo la amabilidad de dejarte vivir aquí y fingir que eras rico para alimentar a tu...

—Ego —interrumpió Arthur—. Pero se acabó el espectáculo. Tienes una orden de desalojo inmediata. Y mis abogados acaban de enviar tus libros de contabilidad al FBI.

Camilla, al oír «FBI» y «delincuente», soltó el brazo de Max como si le ardiera. —¿No es tuyo esto? —preguntó horrorizada—. ¿Y el dinero? —Es todo deuda, cariño —dijo Isabella, apareciendo detrás de su padre, impecablemente vestida—. Hasta el collar que llevas es robado. Quítatelo. Ahora mismo.

La escena era caótica. Camilla se arrancó el collar, lo tiró sobre la mesa y salió corriendo, gritando que ella también era una víctima. Max intentó negociar, balbuceando excusas, pero el sheriff empezó a mover sus muebles al césped bajo la lluvia.

El estrés de la confrontación le pasó factura. Isabella sintió un dolor agudo en el abdomen y tuvo que ser trasladada de urgencia al hospital. Los médicos advirtieron que el estrés extremo estaba poniendo en riesgo el embarazo. Mientras Isabella luchaba por la salud de su bebé en una cama de hospital, Max intentaba desesperadamente controlar la narrativa mediática, presentándose como víctima de una conspiración familiar. Pero no sabía que Rosa, la empleada doméstica, había estado grabando sus conversaciones privadas durante meses, incluyendo el momento exacto en que planeó la humillación de Isabella para aumentar su perfil público antes de una salida a bolsa fallida.

Parte 3: El Legado de la Verdad
Desde su cama de hospital, Isabella vio cómo se desmoronaba el imperio de mentiras de Max en tiempo real. La grabación de Rosa se filtró a la prensa. En ella, se escuchaba claramente a Max decirle a Camilla: "Yo..." Humillarla públicamente para que parezca inestable; así, nadie creerá sus afirmaciones cuando la empresa quiebre. Es el chivo expiatorio perfecto. La opinión pública cambió al instante. Max pasó de ser el "magnate agraviado" al "monstruo de la gala". Acorralado por el FBI y sin hogar, Max intentó una última maniobra desesperada. Su abogado contactó a Isabella y le ofreció un trato: le concedería el divorcio sin pelear y pagaría dos millones de dólares (que no tenía, pero prometió conseguir) a cambio de que ella retirara los cargos de fraude y emitiera una declaración conjunta de "reconciliación amistosa" para salvar su reputación.

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