SU EX LA INVITÓ A SU BODA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LO DEJÓ EN SHOCK…

“Los ojos de todos los bebés son azules al principio,”, respondió doña Antonia. “Pueden cambiar, ¿no?” “Estos.” Alejandra tocó la mejilla de Pablo. “Son los ojos de Sebastián, su color exacto.” Doña Antonia tomó su mano. “¿Quieres hablarme de él?” Alejandra dudó. Había guardado su dolor tanto tiempo que las palabras parecían atoradas en su garganta. Pero quizás era hora de compartir la carga. Era mi jefe, comenzó. Me enamoré como una tonta. Él me prometió un futuro juntos, pero cuando supo del embarazo, su voz se quebró.

Doña Antonia esperó pacientemente. Me dijo que el bebé no era suyo, que me había acostado con otros. me llamó cosas horribles. Un cobarde. La voz de doña Antonia tenía un filo de acero. Un hombre que no merece conocer a estos ángeles. Alejandra asintió secándose las lágrimas. Por eso volví a Chula Vista para empezar de nuevo, lejos de él. Y lo has logrado. Doña Antonia apretó su mano. Has creado vida donde él solo sembró. Eso, querida, es verdadera fuerza.

Esa noche, mirando a sus hijos dormir, Alejandra hizo una promesa silenciosa. Viviría por ellos, les daría todo lo que merecían. Y algún día, cuando el destino lo permitiera, Sebastián Valverde sabría exactamente lo que había perdido. El tiempo pasó como agua entre los dedos. Los gemelos crecieron fuertes y sanos, llenando de risas la antigua mansión que por años había conocido solo el silencio. Pablo, el mayor por 10 minutos, era inquieto y curioso. A los dos años ya trepaba por todos los muebles, causando sustos constantes a su madre y a doña Antonia.

Pedro, más tranquilo y observador, prefería sentarse a mirar libros de dibujos durante horas. Son como el sol y la luna. comentaba doña Antonia mientras los observaba jugar en el jardín. Diferentes pero inseparables. Alejandra había recuperado su salud, aunque las noches sin dormir durante el primer año dejaron ojeras bajo sus ojos. La depresión llegó silenciosa después del parto, como una sombra que oscurecía incluso los días más brillantes. No puedo sentir nada, confesó una noche a doña Antonia mientras las lágrimas corrían por su rostro sin razón aparente.

Los amo tanto que duele, pero a veces me siento vacía. La mujer mayor la abrazó con fuerza. Es normal, hija. Tu cuerpo y tu alma han pasado por mucho. Date tiempo. Poco a poco, con ayuda profesional y el apoyo incondicional de doña Antonia, Alejandra emergió de la oscuridad. Cada sonrisa de sus hijos era un rayo de luz que disipaba las sombras. Cuando los gemelos cumplieron un año, doña Antonia organizó una pequeña fiesta en el jardín. La nieta de doña Antonia, Lucía, ya recuperada de su enfermedad, jugaba con los bebés mientras los adultos conversaban.

“Deberías considerar trabajar más en el negocio, sugirió doña Antonia a Alejandra. Tienes talento para las fórmulas.” Era cierto. En los ratos libres, cuando los niños dormían, Alejandra había comenzado a experimentar con las recetas de cosméticos. Su primera creación, una crema hidratante con extractos de aloe y manzanilla, había recibido elogios de las clientas habituales. “No sé nada de negocios”, respondió Alejandra insegura. “Yo tampoco cuando empecé”, sonrió doña Antonia, “pero aprendí y tú eres más inteligente que yo.” Así comenzó una nueva etapa.

Mientras los gemelos asistían a una guardería por las mañanas, Alejandra trabajaba con doña Antonia en el laboratorio casero. Aprendió a mezclar aceites esenciales, a calcular costos, a diseñar etiquetas. “Tienes un don”, le dijo doña Antonia un día después de probar una nueva fórmula de jabón. “Puedes sentir lo que la piel necesita.” A los dos años, los rasgos de los gemelos comenzaron a definirse. Alejandra notaba con una mezcla de amor y dolor como el fantasma de Sebastián aparecía en sus rostros, la forma de la nariz, la curva de la sonrisa, esos ojos azules que no cambiaron con el tiempo.

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