Una noche, mientras les leía un cuento antes de dormir, Pablo la miró con esos ojos tan parecidos a los de su padre. ¿Dónde está papá?, preguntó con la inocencia de sus dos años. La pregunta atravesó a Alejandra como un cuchillo. Pedro también la miró esperando respuesta. “Papá vive lejos”, dijo finalmente, eligiendo cada palabra con cuidado. “Muy lejos va a venir”, insistió Pablo. “No, mi amor, él tiene otra familia. No era toda la verdad, pero tampoco era mentira.
Sebastián debía estar casado con Bianca Montero ahora, quizás con hijos propios que sí reconocería. No nos quiere. La voz de Pedro era apenas un susurro. Alejandra abrazó a sus hijos con fuerza, conteniendo las lágrimas. Ustedes tienen tanto amor, mis niños, de mí y de doña Antonia, de Lucía, algunas familias son diferentes, pero no menos especiales. Esa noche, después que los niños se durmieron, Alejandra lloró en silencio en su habitación. Doña Antonia la encontró así y se sentó a su lado sin decir palabra, ofreciendo el consuelo de su presencia.
“¿Cómo les explico que su padre los rechazó antes de conocerlos?”, preguntó Alejandra entre soyosos. ¿Cómo les digo que no los quiso sin que se sientan abandonados? Con tiempo y verdad, respondió doña Antonia. No toda de una vez, sino poco a poco, según puedan entender. A los 3 años, los gemelos eran el centro del universo de Alejandra. Cada logro, cada palabra nueva, cada risa era un tesoro. La empresa de cosméticos crecía lentamente, permitiéndole ahorrar para el futuro de sus hijos.
Un domingo, mientras paseaban por el parque, un hombre pasó junto a ellos, alto, de traje oscuro y pelo negro. Por un segundo, el corazón de Alejandra se detuvo creyendo ver a Sebastián, pero al girarse comprobó que era solo un extraño con un parecido casual. ¿Estás bien?, preguntó doña Antonia notando su palidez. Sí, solo creí ver a alguien. A él. Alejandra asintió. A veces me pregunto qué haría si nos encontráramos, si viera a los niños. ¿Qué crees que harías?
Alejandra observó a sus hijos jugando en los columpios, sus risas mezclándose con el viento. Antes pensaba en venganza, confesó, en hacerle sentir el mismo dolor que me causó. Pero ahora solo quiero protegerlos, que nunca sepan lo que es sentirse rechazados por quien debería amarlos incondicionalmente. Doña Antonia tomó su mano. Has crecido, Alejandra. El dolor te ha hecho más sabia, no más amarga. Eso es verdadera fortaleza. Esa noche, mientras arropaba a sus hijos, Alejandra los miró dormir, tan parecidos y tan distintos a la vez.
Pablo con su energía, incluso en sueños, Pedro con su calma contemplativa. “Los amo más que a mi vida”, susurró besando sus frentes. “Y eso nunca cambiará, pase lo que pase.” Lo que no sabía era que el destino, siempre impredecible, ya preparaba el camino para un encuentro que cambiaría todas sus vidas. Porque algunas historias, por más que intentemos cerrarlas, siempre encuentran manera de continuar. La pequeña fábrica de cosméticos ocupaba ahora todo el antiguo invernadero de la mansión, lo que comenzó como un pasatiempo de doña Antonia se había transformado en un negocio próspero bajo la influencia de Alejandra.
“Nunca pensé que Esencias Vidal crecería tanto”, comentó doña Antonia mientras revisaban los pedidos del mes. “Tenemos clientes en tres estados.” Alejandra sonrió orgullosa del trabajo logrado en estos años. A los 33 años había encontrado su vocación en la creación de productos naturales. Sus manos, que una vez temblaron al servir café, ahora mezclaban ingredientes con la precisión de una artista. “La nueva línea para pieles sensibles está lista”, dijo mostrando unos frascos de cristal con crema color perla. Usé extracto de caléndula y aceite de almendras.
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